ANA ELLA GIRON QUINTEROS
Mi Mamá.
nacio el 18 de julio de 1928 Murio el 26 de mayo de 2022.
No todos los niños piensan que su mamá es una súper mamá. La historia, sin embargo, ha demostrado que hay muchas madres que en efecto fueron, son y serán súper mamás. Esas historias se cuentan en reuniones familiares o en el día del cumpleaños como una forma de honrar madres que son o fueron grandes cocineras, o se sacrificaron más allá del deber o fueron abnegadas o defendieron a sus hijos como leonas ante el peligro exponiendo su propia vida en protección de sus cachorros.
Aun cuando las historias a continuación son a cerca de una súper mamá, no son historias porque fuera buena cocinera, no lo era, o porque narrara historias maravillosas cuando sus hijos estábamos enfermos, que sí lo hacía. Sino por verla enfrentarse, y enseñar a sus hijos y nietos a hacerlo, con una actitud valiente ante los desafíos de la vida.
En el verano de 1991 llegó a Canadá, como refugiada política, solicitando refugio en el puesto fronterizo de Fort Erie. Su viaje inició en San Salvador dos días antes. Luego de decidir enfrentarse al reto azaroso de ser una emigrante más de los miles de centroamericanos que todos los días se arriesgan a cruzar las fronteras de Centro América, México, y EE. UU. en busca de una mejor vida.
Su hijo mayor, yo, había llegado a Canadá en enero de 1990, exilado bajo la protección del gobierno canadiense. Mi hermana había emigrado en mayo del mismo año, aplicando por refugio político en la frontera.
La decisión de emigrar, para mi mamá, no era ni económica ni política. La razón, era su profunda preocupación por el bienestar de mi hermana quien había dado a luz a su nieto el verano de su arribo. A mi mamá le preocupaba saber que, su hija no tenía la capacidad para enfrentarse a los retos de ser madre soltera. Conocía su fragilidad emocional. Sin pensarlo mucho y sabiendo que su hija necesitaba su apoyo decidió viajar.
Después de agotar, sin éxito, las vías legales y hacer un viaje directo, decidió la vía del asilo político, inicialmente volando a la ciudad de Búfalo vía Miami, y de ahí cruzando, a pie los casi dos kilómetros de longitud del puente de La Paz (Peace Bridge) que une las ciudades de Búfalo, Nueva York, en EE. UU. con Port Erie, Ontario, en Canadá.
Mi madre no era exactamente el migrante promedio, había nacido y crecido en condiciones privilegiadas. Tenía ya 61 años y aunque, estaba acostumbrada a viajar. Ese era un viaje diferente nadie la esperaba en los puntos de llegada. Para su fortuna el viaje no era tampoco el viaje que hacen los migrantes promedios, puesto que poseía, la preciosa visa americana, por lo que no necesitaría cruzar la frontera como lo hacían otros migrantes que se exponen a los riesgos del inclemente desierto o del rio grande o a la violencia de delincuentes o la no menos violencia de la “migra”.
En El Salvador los años finales de la década de los ochenta eran tiempos difíciles. El país estaba en sumergido en una guerra civil desde hacía diez años. Guerra que había sido precedida por una violencia institucional sin precedentes.
Sin embargo, desde noviembre de 1989 los hechos se habían movido mucho más rápidamente. Tanto que parecía que el país entero había cambiado 10 años en los tres últimos meses de 1989.
Lo complicado no había sido tanto el viaje en si, como la preocupación que tendría que entrar a Canadá como refugiada política. El viaje preocupaba a mis dos hermanos que permanecían en El Salvador. Viajar sola en tierras extrañas sin hablar inglés les preocupaba. Ellos pensaron que si o la ayudaban con los tramites la disuadirían del viaje. Parecía que no conocían o contaban con la tenacidad de mi mamá. Al no recibir ayuda, ella misma compró los boletos de vuelo, arreglo su itinerario con una amiga, cuyo esposo trabajaba en una agencia de viajes, y estaba a punto de resolver su transporte al aeropuerto cuando, mis hermanos al verla tan determinada estuvieron de acuerdo en llevarla ellos al aeropuerto y despedirla propiamente.
El primer tramo del viaje no fue mucho problema, llegar a Miami era una extensión de viajes previos. El hecho que, casi todos los oficiales y empleados del aeropuerto hablasen castellano, hacia sus problemas menos preocupantes. No era la primera vez que arribaba a ese aeropuerto. El segundo tramo del viaje, su arribo al aeropuerto de Búfalo representó su primer reto real. Siendo una persona practica por naturaleza, lo primero que hizo al arribar al aeropuerto desconocido fue encontrar donde podía ver un mapa. Contó el dinero que tenía disponible, realizando que tenía lo suficiente para tomar un Taxi para que la llevara al “Puente de la paz” en la frontera canadiense. El taxista, un inmigrante hindú, le explicó, cómo pudo que la distancia donde la dejaría sería el lugar más cercano al puente, que de ahí en adelante tendría que caminar. Lo entendiera o no el azar estaba echado. El taxi la dejo frente a las oficinas de aduana de EE. UU., desde donde podía ver el puente, que tenía que cruzar, procedió a caminar el tramo restante. Al dejar el taxi se detuvo por unos momentos, se fumó uno de sus cigarrillos, se peinó, se arregló el maquillaje, y solo entonces inicio a caminar los casi dos kilómetros desde donde estaba hasta las aduanas canadienses.
Caminó la longitud del puente como si fuese a trabajar. Vestía falda azul marino, blusa blanca de botones, medias negras de vena y tacones altos. En su brazo derecho colgaba su chaqueta azul marino que, hacia juego con la falda, y su cartera de mano, con su mano izquierda halaba su pequeña maleta de viaje. No era exactamente el tipo de solicitante de refugio al que los oficiales canadienses estaban acostumbrados. Hablaba el suficiente inglés como para no necesitar de un intérprete o leer fonéticamente la frase: “I am here to request refuge” (estoy aquí a pedir refugio).
Además, a diferencia de otros solicitantes de refugio, que llegaban en pequeños grupos o integrados en grupos familiares ella llegó sola.
El proceso, de esa época, requería que, la persona solicitando refugio, debía regresar a treinta días a un refugio para migrantes administrado por una organización sin fines de lucro, en Lakawanna, la pequeña ciudad cercana a Búfalo. Ese proceso no se le aplico a ella. Las razones del porque no se sabrán nunca los oficiales le dieron la bienvenida y luego de tomar su información básica y bajo promesas de regresar al puesto fronterizo en treinta días, el término del proceso, la autorizaron a que viajara a Toronto, con nosotros que esperábamos por ella. Su vida como refugiada canadiense inicio ahí.
Esa no es la única ves que mi mamá se enfrento a situaciones difíciles. Hay una historia que he reconstruido con narraciones de varias personas que conocieron el hecho.
Sucedió en octubre de 1958, yo tenía 2 años, mi hermana apenas 1 y mi mamá estaba embarazada de mi hermano José Agustín quien nacería en enero de 1959.
Parece ser que estábamos sentados en la sala de la casa. Las puertas del balcón y las ventanas de la sala estaban abiertas ofreciendo frescura del atardecer. Cosa que permitía saludar y conversar con transeúntes que pasaban frente a la casa.
En algún momento mi mamá vio, de reojo que alguien, un individuo vestido todo de caqui con sombrero de felpa verde olivo y lentes obscuros se acercó al balcón. Ella levanto la cara para saludarlo. El individuo sin mediar palabra, grito que buscaba al hijo de Quirina Quintero para matarlo, sacando de su cintura un revolver.
Al ver lo que el intruso hacia y decía, mi mamá nos agarró y corrió hacia el vestíbulo de la casa donde podía protegerse. El hombre al vernos correr descargo su arma, no es claro cuantas veces. Uno de los perros de la familia, Loto, que yacía echado al pie de nosotros al sonido del disparo, se lanzó contra el atacante pagando con su vida nuestra defensa. La acción del perro descontrolo al atacante quien se retiró a un comedor que quedaba al otro lado de la calle.
Momentos más tarde llego mi papá con Juan Cerna, y luego de asegurarse que estábamos a salvo fue en búsqueda del atacante. A quien encontró el comedor y sin mediar palabras los abofeteo varias veces el hombre corrió a la calle huyendo de la paliza tratando de desenfundar su arma.
Mi papá ya su arma en su mano le apunto, advirtiéndole que lo tenía en la mira, y que se preparara a morir. El desconocido cayo de rodillas y le grito que le matara pues el hijo de Quirina le había robado todo, que lo único que tenía era su vida. En ese momento mi mamá que había salido a ver lo que pasaba noto que el intruso estaba borracho. Mi papá estaba a punto de dispararle cuando intervino Juan Cerna deteniéndolo, evitando así que cometiera un homicidio.
Juan Cerna desarmó al individuo lo amarro y se lo entrego a las autoridades que llegaron en ese momento. El hombre terminó yendo a la cárcel debiendo su vida a Juan Cerna.
Después se supo que el desconocido era un pariente lejano de la madrastra mi abuelo Miguel Enrique. El hombre había estado bebiendo sin control por varios días, enojado por lo que creía que su pariente le había despojado de unos terrenos cerca del puerto de La Unión. Ni mi abuelo ni mi mamá sabían nada de esos terrenos por lo que nada tenían nada que ver con lo que le había pasado al atacante.
La historia del intruso, que nos disparó, se supo cuando finalmente estuvo sobrio y luego que mi mamá lo visitara en la cárcel local donde esperaba ser juzgado por homicidio en grado de tentativa. Un terrateniente de La Unión le había prestado dinero, para la siembra, como garantía, del préstamo el terrateniente exigió las escrituras de propiedad de los terrenos de la familia. Al no poder pagar el préstamo en el tiempo estipulado el prestamista confisco los terrenos. El único elemento en común con mi abuelo era que los terrenos habían pertenecido alguna ves a la familia de su madrastra quien había cedido a su derecho a su hermano, el padre del desconocido, cuando ella se fue a vivir con mi bisabuelo.
Años después, en 1966, el mismo año que murió mi abuelo, fue mi mamá la que disparo.
En ese tiempo mi papá trabajaba para la Compañía Salvadoreña del Café, y administraba la pequeña finca de mis abuelos. En ese carácter fue invitado a participar en una conferencia de cafetaleros en San José, Costa Rica.
Para despedir al viajero los niños de la casa salimos con él en un desfile, todos íbamos a despedirlo y cada uno quería llevar algo para “ayudarlo”. Por lo que, parecía que toda la familia iba de viaje.
Por raro que parezca el desfile no se hizo como sería lo “normal” a través del arco entre la casa de abajo y la casa de arriba. En parte por el entusiasmo de algo fuera de lo rutinario y en parte porque era mucho más simple acarrear maletas y paquetes si necesidad de escalar las muchas gradas entre la casa de abajo y la casa de arriba.
Después de que se fue, regresamos su casa usando el pasaje interno del arco. Algo que hacíamos todos los días.
Enfrente de la casa de abajo había un “comedor” una cocina pública, la dueña Lola Cubias, y sus hijas Josefina y Elvira, servían comida a precios módicos que hacia el lugar muy popular. En un juego de palabras por el apellido “Cubias” la gente del pueblo las apodaba las “cumbas” (salvadoreñismo femenino por cubo o balde). Lola era “Lola Cumba”, su hija Josefina, quien era una mujer muy alta y frondosa, con mucha energía masculina, la gente le decía “José Cumba” y a Elvira, una joven jovial de risa fácil era Elvis Cumba, nadie se los decía en su cara, pero todo el mundo lo sabía.
Cuando llego la noche los niños dormíamos, mientras las mujeres de la casa departían en los muebles en el corredor.
De repente Rosa Elena, nuestra ama de llaves, me despertó y quietamente me instruyo a que me vistiera y fuera donde mi mamá que me estaba esperando en la sala.
Cuando llegué a la sala me di cuenta de que mi mamá tenía en una de sus manos el rifle .22 del abuelo.
Lo que supe después fue que mi mamá, Rosa Elena, Marina, nuestra niñera, y Alba Romero, la inquilina de mis abuelos estaban charlando en el corredor de la casa antes de acostarse. Eran cerca de las diez y media, no muy tarde, para los adultos, si lo era para los niños que dormíamos desde las 8. Me extrañó ver a mi mamá armada. Estaban familiarizado con el rifle, pues colgaba sobre la cama de mis padres.
Lo otro inusual era que los perros, Jasper y Reyna, que, por lo general, estarían normalmente en las habitaciones con nosotros, parecían haber desaparecido.
Las habitaciones solían permanecer abiertas todo el tiempo para tolerar al calor y la humedad del trópico.
Mi mamá, sin verme, me preguntó su estaba vestido, cuan le conteste que si me dijo que viniese con ella y me parara a la par de ella frente a la ventana de la sala que daba al jardín. La gran ventana de la sala que daba al corredor y al patio estaba directamente en dirección la estructura donde los baños al otro lado del patio.
La estructura era sombreada por un enorme árbol de mango. Mientras caminaba hacia la ventana, mi mamá señaló hacia el árbol de mango. Es cuando vi que los perros, estaban, muy quietos al pie del árbol de mango, viendo en dirección de las ramas.
Quizás es necesario explicar que mi mamá era una persona muy pequeña, muy menuda. A mis diez años yo era casi tan alto como ella.
El rifle, una carabina calibre .22, es un arma considerada liviana o ligera. Pero en sus manos parecía ser un arma pesada, probablemente una mezcla de miedo y nervios. Mi mamá me explicó que iba a apoyar su brazo izquierdo sobre mi hombro derecho para ayudarse a apuntar el rifle. No apoyó el arma sobre el hombro del niño, como se ha contado en las historias de la familia, sino que apoyo su brazo izquierdo. Agarró la correa del hombro del rifle y se la ató a su propio brazo derecho y luego me indicó que me quedara quieto.
Muy quedito mi mamá me explicó que había gente en el árbol de mango. Cuando charlaban en el corredor escucharon movimientos cerca del muro lateral de la casa donde estaba el árbol de mango. El muro era una pared alta que cubría la propiedad de norte a sur. Para sorpresa, los perros no ladraron, sino que corrieron hacia el árbol. Ese solo hecho era lo que realmente les había causado preocupación.
Cuando escucharon los ruidos de los intrusos, empezaron a prepararse para salir de la casa, por eso Rosa Helena y Marina estaban ayudando a los niños a vestirse. Alba se disponía a volver a casa la casa de arriba, donde vivía, para avisarle a mi abuela lo que pasaba.
De repente, mi mamá me pidió que mirara hacia el árbol, que me quedara quieto y me preparara porque iba a disparar. Levantó el pequeño rifle apoyando su brazo izquierdo en mi hombro. Me pidió, de nuevo, que se quedara quieto y disparo. De inmediato se oyeron gente saltar desde el árbol hacia el terreno baldío donde otras voces les recibieron y se oyó gente correr y quejarse. Con la misma destreza que disparó, recargo la carabina con un segundo cartucho en la recamara y disparó de nuevo. Alguien gritó obscenidades y se oyeron corridas los perros ladraron opacando los gritos de los intrusos que parecía corrían en la calle.
Al día siguiente niños y trabajadores de la casa buscamos los impactos de bala en el tronco del árbol, los encontramos uno a la par del otro. Esa noche no hubo víctimas.
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