JUAN CERNA

Don Juan Cerna era, para mí, un hombre misterioso, siempre andaba descalzo y sin embargo sus pies parecían siempre estar muy limpios como si el polvo de la calle no lo afectara. Vestía, de pantalones y camisa blancos, de manta, con sombrero de paja que no se quitaba nunca, excepto en la iglesia, mostrando su cabeza calva con remanentes de pelo blanco en sus sienes.  Era una de las pocas personas con las que, niños y adultos usaban el término de respeto “Don” incluyendo a mi mamá y papá, quienes a muy pocas personas llamaban con dicha expresión de respeto. Aunque se vestía como los campesinos y los indígenas, a mí me parecía como si fuera un “gringo” por su piel blanca. 

Don Juan Cerna era analfabeto y, sin embargo, y parecía tener un vasto conocimiento de las cosas tanto que parecía que todo el mundo le consultaba o le pedía opinión acerca de todo. Desde las cosechas hasta como tratar enfermedades del ganado o la mejor forma de crear mejores cultivos cosa por lo que era muy respetado.  

El primero de mayo de 1966, murió mi abuelo, el papá de mi mamá, aunque había estado enfermo por varios meses no se esperaba que muriera tan pronto. Hacía unos meses había sufrido un derrame cerebral que lo había paralizado de la mitad derecha de su cuerpo y le impedía hablar. Oficialmente su muerte se registró a las 7 de la mañana, pero puede que haya sido mucho más temprano, el primero de mayo de 1966 no solo era domingo, sino que se conmemoraba el día internacional de los trabajadores y por lo tanto día de asueto. Las autoridades no llegaron a la casa sino hasta eso de a las 9 de la mañana y decidieron que la muerte había sido a las siete de la mañana.

Tan pronto Juan Cerna supo de su muerte llego a la casa. Para cuando lo vi había estado en la casa por algún tiempo organizando y tomando decisiones. Su presencia parecía y era indispensable. Cuando la noticia de la muerte del abuelo fue conocida en el pueblo ya Don Juan Cerna estaba a cargo de todo. Él organizaba desde cuál de las dos casas serviría para el velorio, la casa de abajo era la más grande. Por lo que la casa de los abuelos, la casa de arriba serviría de dormitorio para la familia y los visitantes que llegarían de San Salvador y otras ciudades. 

Juan cerna organizaba a los trabajadores para que movieran camas y arreglaran dormitorios. Recomendó donde comprar el ataúd y fue personalmente a recogerlo. Organizo sillas y bancas que eran necesarias, donde alquilarlas o pedirlas prestadas, cuál de las habitaciones sería la más apropiada para velar el cuerpo. Cuantas sillas debieran estar en cada cuarto y que las bancas estuvieran en el jardín y la calle. El único desacuerdo que vi fue la decisión de cerrar el ataúd. Don Juan insistía que la tradición dictaba que se mantuviese abierto mi papá decidió que no que permanecería cerrado. Le pregunte a mi mamá por qué y su explicación tenía sentido. La enfermedad había deteriorado físicamente al abuelo por lo que era mejor que se le recordase como había sido antes y no como se veía en ese momento.

La coordinación de Juan Cerna era tal que fue él quien decidió cuando sería el mejor momento para iniciar la vela. Recuerdo que instruyo a mi mamá para que escribiera el texto de los telegramas que se mandarían a San Salvador y otras ciudades y luego fue él quien mandó a Rosa Elena a ponerlos al telégrafo. Fue él quien instruyo a mi papá donde se compraría el licor y de donde se ordenarían los tamales para la vela.  Incluso organizó donde sería el lugar donde las “rezadoras” se acomodarían. Las “rezadoras” eran el grupo de mujeres cuasi profesionales que dirigían el interminable rosario durante toda la vela. Ellas asistían en grupo a todos los velorios a rezar, no importaba que conocieran o no al difunto o la su familia. Aunque no cobraban por sus servicios era costumbre pagarles un honorario adecuado por tal servicio.  

Juan Cerna estaba a cargo de todo incluso fue al cementerio, y yo, aunque solo tenía diez años fui con el representando a la familia, fue él quien decidió que sería mejor comprar una parcela cerca de la entrada principal y no al tope de la pequeña loma donde el mausoleo de la familia había enterrado a sus seres queridos por más de un siglo. Consideró que si mi abuela visitaba la tumba en forma regular ir hasta el mausoleo familiar era inseguro por estar tan aislado que era mejor cerca de la entrada. A lo cual mis padres consideraron adecuado.  Poco después que regresamos del cementerio Rosa Elena, nuestra ama de llaves y virtualmente la administradora de la casa, instruyo a los niños que nos preparáramos para recibir a las visitas cenamos y nos reunimos con nuestros padres en la entrada principal de la casa de abajo. 

Las rezadoras fue el primer grupo en entrar quienes sin mediar palabra iniciaron el rosario que no terminaría sino hasta que el féretro dejase la casa rumbo al cementerio. Luego de lo que pareció una eternidad saludando a muchas personas que habían llegado. Se nos dio permiso de ir a jugar o retirarnos a dormir. Pero quien iba a dormir con tanta algarabía. La muerte del abuelo era la primera muerte en la familia que, a mis diez años, era testigo. Fue en ese momento que le pregunte a mi mamá donde estaba don Juan Cerna. 

Él había estado en todas partes durante el día y al caer la noche no se veía por ninguna parte. Mi mamá me respondió que probablemente se había ido para su casa que había cumplido su deber y se había ido. No entendí la respuesta, pero sabía que sería mejor no preguntar. Si lo hacía corría el riesgo de ser mandado a la cama. Muchos años después, en 1998, visitando a Ticha en Los Ángeles en EE. UU. le pregunté por Juan Cerna.  

Ticha, con su característica sonrisa me explico que durante un tiempo cuando Juan Cerna estuvo en la cárcel, mi abuelo evitó que su familia sufriera y se aseguró que su esposa lo pudiera visitar regularmente y sus hijos fueran a la escuela tuvieran ropa y zapatos. Cuando Juan Cerna fue finalmente liberado visito a mí abuelo para pagarle el favor. Mi abuelo no aceptó pago alguno pues lo consideraba un deber de honor. La respuesta de mi abuelo fue que no había deuda que pagar, pero si se sentía endeudad que le pagase arreglando su funeral cuando llegase el momento. 

Juan Cerna cumplió con su deber exactamente como lo había prometido. 


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