Un jueves en mayo


Como todos los jueves por la mañana. Estaba yo en la cocina, haciendo lo que solía hacer a esa hora: tratar de llamar a mi mamá. Era mi costumbre llamarla cada jueves para oír su voz, y asegurarme de que estaba bien. Esa mañana, llamé a la casa donde vivía (llamar la casa como una residencia de ancianos o asilo, sería exagerar) nadie me contestó. Esperé un poco y volví a llamar nada. Eso me preocupo un poco, y llamé a mi hermano para preguntarle si tenía noticias de mi mamá. Mi hermano tampoco contestó. Que tampoco el me contestara me preocupo mas sentí un poco de aprensión. Sin embargo, lo ignoré. 

Entonces, de repente, el reloj que colgaba de la pared de la cocina se estrelló contra el suelo. El cristal se hizo añicos contra las baldosas y las manecillas volaron en direcciones opuestas. El sonido fue tan agudo, tan definitivo, que me dejó atónito. Me quedé allí un momento, intentando comprender que era lo que había pasado.  Una ráfaga de viento de principios de primavera, me dije con incredulidad, una coincidencia. 

Saqué la escoba y el recogedor de basura del armario, y empecé a barrer los cristales. Mientras barría los pedazos del reloj quebrado, un pensamiento extraño e inquietante se formó en mi mente. "¿Mi mamá?", dije en voz alta, mirando a mi esposa, que estaba sentada en el sofá de la sala. Ella tenía los ojos muy abiertos, observándome con una expresión de alarma. Apenas diez segundos después, mi teléfono sonó. Era mi hija. 

Estaba llorando. Entre sollozos, me dijo que su primo, en El Salvador, acababa de llamarla para decirle que mi mamá había muerto. Intenté consolarla, sabiendo cuan unidas habían sido, ella y su abuela, cuánto amor y risas habían compartido. Después de colgar, volví a llamar a mi hermano. Esta vez, contestó confirmándome la noticia. 

Era más o menos las diez de la mañana del jueves 26 de mayo de 2022. Mi madre tenía noventa y cuatro años. Yo la había visitado hacia apenas unos meses, en febrero, sabiendo que sería la última vez que la vería, ya que para ese tiempo había decidido que no iría a su funeral. 

Para entonces, la relación entre sus hijos estaba fracturada. No nos pusimos de acuerdo sobre cómo cuidarla en sus últimos días y lamentablemente, nos distanciamos permanentemente.

En siguientes meses y años, mi hija y yo hablamos muchas veces de mi madre. Pero no fue hasta el verano pasado, durante un viaje que hicimos juntos para visitar a mi hijo y mis nietas en Darmont, Nueva Escocia, que me ella narró algo que nunca me había contado.

Mi hija me dijo que recordaba vívidamente aquella mañana de jueves era algo que no podía explicar.

“No creo que fuera un sueño”, me dijo. “Lo sentí real. Fue real” insistió.

Esto es lo que mi hija me contó:

La mañana de ese jueves en mayo de 2022, mientras mi mamá yacía en la cama del hospital, debilitada por las complicaciones que eventualmente terminarían su vida. Mi mamá recibió una visita inesperada. Alguien a quien no había visto en décadas: mi papá.

Apareció a su lado, levantándola con delicadeza. Con una sonrisa tímida, le ofreció la mano invitándola a bailar.

Sorprendida, sabiendo que él había fallecido en 1989, le preguntó: “¿Es esto un sueño?”.

“No, mi amor”, él le respondió, “es real, vine a llevarte conmigo. Nunca más nos separaremos”. En ese momento, ambos comenzaron a cambiar. Los años se desvanecieron. Sus arrugas desaparecieron. Rejuvenecieron y comenzaron a bailar su canción favorita: un tango llamado “Orquídeas a la luz de la luna”. Bailaron con gracia, como si nunca se hubieran separado.

Mi hija no sabe cómo explicar lo que vio, soñó o simplemente sintió y no necesita hacerlo. ¿Que fue? una visión, un mensaje, una señal espiritual o algo más allá de nuestra comprensión. 

En realidad, no importa. Lo que importa es lo que significó para ella, para mí, para mis padres reunidos, bailando para siempre, bajo la luz de la luna.






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