Recuerdos de estudiante
Primaria y Secundaria
En 1963 cuando tenía yo seis años, inicie mi primer grado en la escuela de la niña Milita, una escuelita privada propiedad de una viejita que parecía andar siempre de mal humor. La niña Milita había sido profesora de primaria de mi mamá. Su escuela privada enseñaba a niños de primero y segundo grado. Yo era el niño más grande de la clase, pero a la vez el más joven. Quizás era demasiado tierno para poner atención. Por lo que más de alguna vez me quede dormido en clase y algún compañerito me robo el lápiz.
Aunque entonces no lo sabía la profesora no me castigaba, por ser hijo de quien era. A diferencia de otros niños a quien les daba de reglazos cuando no daban la lección a mí no me tocaba. Aún así, yo me quejaba con mi mamá que me dolía el corazón. Hoy sé que lo que sentía era ansiedad. Finalmente, mi mamá me permitió que dejara de ir a la escuela y esperara hasta el siguiente año. El siguiente año académico me mandaron al anexo de la escuela “Julián Aparicio” donde funcionaban el primero y segundo grados. Las profesoras eran la niña Bertila y la niña Tina. Ambas profesoras destilaban dulzura.
Ni en primaria, ni posteriormente en la secundaria, fui considerado un buen estudiante, en el mejor de los casos mediocre, lograba pasar sus grados, pero no sobresalía, ni académicamente y mucho menos en los deportes. Al ser un muchacho gordo de pies planos deportes eran difícil para mí.
En los primeros grados de primaria, mis padres creyeron que necesitaba lentes porque tenía dificultades en el proceso formal de aprendizaje, no obstante, el oftalmólogo no encontró nada malo con mis ojos. Mis padres estaban tan convencidos que mis problemas eran visuales que me compraron anteojos. También usaron su influencia, para que los profesores me sentaran en los pupitres delanteros. Cosa que me molestaba puesto que físicamente era uno de los niños más grandes para mi edad. Los cambios provocaron que compañeros se pelearan conmigo para probar que podían ganarle “al gordo” yo siempre perdía, no sabía pelear.
Lo que cambiaría en 1973 cuando aprendí a defenderme. Las películas de Bruce Lee pusieron de moda aprender Karate y Tae Kwan Do. Pero eso es para otra historia.
En mi primero y segundo grado era sujeto a burlas y bromas de parte de mis compañeros. Eso no cambio mucho en mi tercero y cuarto grado con la niña Silvia Estrada de Garay. La única diferencia era que no tenia que sentarme adelante y eso me salvo de pleitos. Lo otro que me salvo es que podía dibujar y doña Silvia me hacía dibujar en el pizarrón animales y otras ilustraciones para la clase. Eso me ayudo en las interacciones con mis compañeros, a quienes les dibujaba las ilustraciones in sus cuadernos.
Durante la escuela secundaria me fue un poco mejor, pero no mucho. Por lo tanto, nunca me vi como un estudiante que sobresaldría académicamente. La frustración que tenía en ese tiempo me hacía parecer como si siempre andaba enojado.
Dislexia
Muchos años después, en 1992 en Canadá, mi hija de entonces siete años tenía problemas serios de aprendizaje. La escuela nos mandó a que la examinaran para determinar el nivel de apoyo que necesitaba para enfrentar sus problemas de aprendizaje.
El concepto de “examen” asustaba a mi hija. Por lo que para apoyarla en su temor el técnico, que supervisaba la prueba, nos propuso que hiciéramos el test juntos. La idea de hacer el examen con su papá la calmó aceptando a someterse al test.
Ambos hicimos básicamente el mismo examen diseñado para niños. Nos sentamos frente a frente usando computadoras portátiles. Después de unas horas cuando los resultados estuvieron disponibles. Supe que, aun cuando mi hija es extremadamente inteligente, tenía problemas serios de aprendizaje. La escuela ajustaría sus clases de tal manera que tendría el apoyo que necesitaba para sobresalir.
El técnico nos informó que los resultados los mandaría a la escuela para que la escuela iniciara el proceso. En ese tiempo la educación en Ontario tenía aun financiamiento adecuado y las escuelas ofrecían apoyo adicional a estudiantes con dificultades de aprendizaje. Eso cambiaría años más tarde. Esas fueron las buenas noticias.
En mi caso el resultado fue un tanto sorpresivo. Según el técnico mi prueba mostraba treinta y ocho de las cuarenta y cinco marcas que se usan para diagnosticar dislexia. Fue entonces cuando finalmente supe que era disléxico. Fue en ese tiempo que supe finalmente que era lo que pasaba conmigo.
Quizás fue un poco tarde ya que para entonces mi carrera académica había terminado. No obstante, me dio la satisfacción de saber que mis problemas de aprendizaje no fueron pereza o distracción. Que la falta de buenas marcas durante la primaria, secundaria y parte de la universidad se debía a serias dificultades de aprendizaje que nunca se trataron.
Amigos del tiempo de la inocencia
Con la explicación anterior se entiende por qué le debo mi graduación de secundaria a un grupo de compañero y leales amigos, que entre las celebraciones de despedida y el estudio me ayudaron a prepararme para lo que en ese entonces era el examen nacional del Ministerio de Educación para estudiantes de secundaria. Los famosos exámenes privados.
Mi éxito en los exámenes privados se la debo a eso leales mis amigos de toda la vida Juan José, Víctor Manuel, Zoila Esperanza, José Humberto (choco Chepe, QEPD), Sara Elena, Daisy Luz y otros que la distancia y el tiempo han nublado sus nombres.
La prueba nacional para estudiantes de secundaria, en El Salvador, era un requisito para poder tener acceso a la educación universitaria. Era el final de 1974, los llamados exámenes privados (de privado no tenían nada) y eran instituidos por el Ministerio de Educación en forma genérica para todos los estudiantes que se graduaban de la secundaria, sin importar si fueran de educaciones estatales o privadas.
Un estudiante que se graduaba de la secundaria e inmediatamente se suscribía a una escuela técnica o directamente a un empleo no necesitaba los exámenes privados. Estos eran diseñados para aquellos que queríamos calificar a educación universitaria.
Para calificar al examen nacional, primero era necesario que el estudiante aprobara los exámenes de la escuela o instituto educativo de donde se graduaba. El prerrequisito no solo era terminar la secundaria, sino que el ministerio exigía que los estudiantes aplicando a los “exámenes privados” aprobaran los exámenes finales con un mínimo del 60% en cada materia.
Nuevo Liceo Centroamericano (NLC)
Me gradué de bachiller del NLC en 1974. Una institución educativa en el centro de la ciudad. La entrada principal quedaba enfrente del cuartel general de la policía nacional. Los estudiantes llegábamos de todos los puntos cardinales de la ciudad. Tanto que a las compañeras las apodaban “Toyota o toyotas” como carros de la misma marca, porque al igual que dichos vehículos se les veía por todas partes.
Entre las autoridades del NLC sobresalían el director don Manuel Gutiérrez, un señor enorme de porte benevolente a quien los estudiantes le decíamos “jocote de corona” o “jocotón”. El subdirector de disciplina que era un viejo mal encarado. Don Salvador Ferrufino, un hombre de mediana edad con un temperamento que provocaba miedo y quien era casado con una mujer mucho menor que él que también trabajaba en la administración del NLC. Que dicho sea de paso era muy atractiva provocando celos en él. En ese tiempo se rumoraba que ella había sido una exestudiante. El señor Ferrufino caminaba por los pasillos del liceo con un batón hecho del mango de una escoba, cortado a la mitad. El botón lo usaba como elemento disuasorio. Aunque parezca mentira se daba el lujo de golpear a los estudiantes que en su opinión no se portaban bien. Le decíamos “chufo” un juego de palabras entre su apellido, y la palabra popular por mal olor (tufo). La niña Finita, un diminutivo de su nombre Fidelina que en un juego de palabras significa pequeñita.
La niña Finita era una mujer dulce, el apoyo emocional de todos y cada uno de los alumnos del colegio quienes con frecuencia la buscábamos para pedirle ayuda. No recuerdo los nombres de otros profesores. Me acuerdo de Memito hijo de “jocotón” no daba clases era mas bien supervisor de disciplina. No ejercía disciplina, en lugar era amigo de todos nos daba cigarros y fumaba con nosotros en la cancha de basquetbol donde contaba chistes y cuentos. Tuvo un fin triste murió acribillado a balazos en la carretera del puerto. Nunca se supo quien lo mato o el porque. La profesora de inglés era Isa María también hija del director. Su enseñanza se circunscribía a oír música en ingles su canción favorita era “Downtown” de Petula Clarck.
Si los estudiantes despreciábamos a “chufo”, e ignorábamos a “jocotón” ciertamente adorábamos a la niña Finita. Los tres habían sido fundadores, y dueños mayoritarios del NLC por lo que la niña Finita era más que secretaria la administradora del colegio. Siendo quien manejaba el personal administrativo y académico.
Al final del año después de los exámenes finales fui a las oficinas administrativas de para saber los resultados de mis evaluaciones finales. Fue entonces cuando supe que había dos materias en que solo había logrado el 50%.
Aunque me podía graduar, las notas no eran suficientes para aplicar a los exámenes privados. Los sujetos o materias que reprobé fueron inglés y matemáticas. Sin aprobar los privados no podría matricularme en la Universidad y mis planes serian pospuestos por lo menos un año más.
La niña Finita, era quien entregaba las notas e informaba a los estudiantes de los resultados me miró y preguntó qué había pasado. No era uno de los mejores estudiantes, pero tampoco era uno de los peores y ciertamente, era de los estudiantes bien portados.
Al verme en tal situación y sabiendo que mis planes era ser universitario que quería atender la facultad de derecho. Me preguntó que iba hacer. Le respondí que mis planes era atender la única carrera universitaria que no requería ni inglés ni matemáticas y le pedí ayuda.
En ese tiempo, los informes al Ministerio de Educación se hacían en formularios preimpresos y llenados a mano. Los formularios una vez completos, se enviaban al ministerio por correo o por mensajero. La Niña Finita, no dijo una palabra hizo lo que nadie hubiera hecho. Cambió el cinco por un seis cerrando la parte de atrás del número cinco, y me dijo “Esto puedo hacerlo, pero los privados van a ser tu responsabilidad”. Le lo agradecí y me fui. Nunca más la volví a ver.
Muchos años después siendo abogado fui a buscarla con un ramo de flores. En la administración me informaron que la niña Finita había muerto. Las acciones de la niña Finita me permitieron concretarme en los exámenes privados y después en la universidad.
La graduación de bachillerato, así llamaban el fin de la secundaria en El Salvador, fue en octubre de 1974. Los exámenes privados serian en noviembre.
Estudiando privados
El grupo de estudio para preparar los exámenes privados acampó en la casa de la mamá de Sara Elena y entre fiestas y celebraciones del fin del año escolar y de la secundaria estudiamos como nunca lo habían hecho. Juan José tomó el liderazgo académico preparándonos en matemáticas.
Afortunadamente, inglés no era una materia exigida o examinada en los exámenes privados. El otro liderazgo fue la mamá de Sara Elena quien nos adoptó como si fuéramos sus propios hijos cuidándonos durante el mes de preparación.
La mamá de Sara Elena nos alimenta, nos mimaba, nos apoyaba. Más de una vez nos emborrachamos demasiado para estudiar, más de una vez le ensuciamos su casa, vomitando en el corredor, más de una vez perturbamos su tranquilidad. Ella nunca se quejó, al contrario, siempre fue solidaria con nosotros. El día que Choco Chepe perdió sus lentes en el escusado fue ella quien los rescató.
El día que Choco Chepe muy borracho casi se rompe la cabeza contra un montículo de piedras en el patio de la casa fue ella quien lo cachó. Ella fue la persona que nos brindó consuelo emocional. Ella era la persona que apoyaba las necesidades de nuestros corazones, como el exnovio despistado de Zoila Esperanza. Fue ella quien nos sostuvo cuando le contábamos llorando, y algunas veces borrachos, de nuestros corazones rotos por la muchacha que no nos prestó atención. En mi caso su propia hija.
Cuando uno es adolescente no sabe, lo fácil que se reparan los corazones rotos, el dolor es real, corto pero real. Por lo que contar con el apoyo emocional de un adulto que no son los padres fue importante para equilibrar nuestra necesidades emocionales con nuestros logros académicos.
El arduo trabajo de preparación para el examen nacional dio sus frutos y todos logramos nuestras metas al pasar los exámenes privados. Todos nos graduamos u optamos por un futuro en la universidad.
Los últimos meses de 1974 consolidarían una amistad para toda la vida. Una amistad que resistiría el paso del tiempo. Después de algunos años nos dejamos de ver. Nuestras vidas se complicaron, nos casamos, nos hicimos universitarios, nuestras prioridades cambiaron y algunos no nos vimos por más 35 años.
Juan José se hizo ingeniero y consiguió una beca “Full Rights” en Estados Unidos para estudiar y luego trabajar en telecomunicaciones con ATT-USA. Sara Elena hizo su doctorado en psicología en la UCA, Víctor Manuel no ingresó a la escuela militar, como él quería, pero se graduó de la universidad y se convirtió en un empleado exitoso y al igual que Sara Elena emigro a EE. UU. Zoila Esperanza se graduó de su carrera, Daisy Luz opto por no atender la universidad. Zoila y Daisy se convirtieron en familia cuando se casaron con dos hermanos. Choco Chepe, aunque ingresó a la universidad no se graduó, pero siguió practicando su música y entre fiestas y parrandas emigro a EE. UU. residiendo en Los Ángeles, hasta su muerte. Yo me hice abogado y unos años más tarde en defensor de derechos humanos lo que me obligaría al exilo en Canadá en 1990.
El año en que finalizamos la secundaria, 1974, fue quizás el último año, “del tiempo de la inocencia”.
Algunos del grupo continuaron viéndose y visitándose por unos años otros no nos vimos más.
El inicio oficial de la nunca declarada guerra civil en 1980 tuvo consecuencias y una de ellas fue la emigración de muchos salvadoreños, el proceso de clandestinidad de otros y tristemente la muerte de muchos. En 2010 al reunirnos en Los Ángeles nos encontramos con el mismo cariño y solidaridad que habíamos vivido en 1974.
Una nota final el exilio me obligo a un camino diferente. Aunque fui abogado de derechos humanos después de mi inmigración no pude incorporarme a ser abogado en Canadá. Mi carrera profesional en mi país adoptivo me llevo a trabajar con organizaciones sin fines de lucro y no gubernamentales.
La nueva carrera profesional me forzó a aprender inglés y a aprender a leer, interpretar, administrar y a hacer presupuestos. También a leer e interpretar estados financiaros. Las dos materias que reprobé en la secundaria.
Como si la vida me hubiese enseñado a que la ruta más difícil es la que nos lleva donde vamos.
A mis amigos de toda la vida les mando un abrazo en solidaridad a todos y cada uno que sin ser familia somos hermanos en cariño y solidaridad.
C’est la vie
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