Recuerdos del tiempo de la inocencia
En septiembre de 1975 sería el año en que comenzaría mi educación universitaria.
Como requisito previo para ser aceptado en las diferentes facultades, los estudiantes debíamos asistir a un curso de preparación bajo el termino genérico de “orientación.” Se impartiría entre mayo y agosto antes del ingreso a nuestras respectivas facultades del semestre que iniciaría en septiembre. La orientación se impartía tres veces por semana, de las seis a las ocho de la noche.
El propósito de la orientación era preparar a los nuevos estudiantes para los rigores de la vida académica, apoyándonos en la complejidad de la educación superior. Los temas no eran académicos en sí, sino que buscaban facilitar el aprendizaje. Por ejemplo, explicar qué era una catedra, cómo tomar apuntes, cuáles eran los requisitos para entregar un ensayo, e incluso cómo pedir prestados libros de la biblioteca o el uso del “Kardex” (un sistema para encontrar libros en la biblioteca).
En ese tiempo trabajaba a tiempo completo durante el día y asistía a las orientaciones universitarias por la noche. Los estudiantes avanzados impartían la orientación como parte de sus servicios comunitarios. Los estudiantes de cursos superiores impartían las clases y los estudiantes de segundo año proporcionaban apoyo individual antes y despues de las clases.
Nos reuniamos en la cafetería, la biblioteca o incluso en los escalones de la entrada principal de la Facultad de Derecho.
La orientación era común para todas las carreras. Sin embargo, se impartía en el auditorio de la Facultad de Derecho. Era el único con suficiente espacio para todos los aspirantes.
Comencé mi orientación con gran orgullo y entusiasmo, era después de todo, el primer miembro de mi familia en asistir a la universidad.
Era un universo nuevo para mí. En los pasillos de la facultad, se podía encontrar a personajes interesantes y famosos poetas y escritores como Matilde Elena López, Álvaro Mene Desleal o Ítalo López Vallecillos. Entre ellos, el legendario fundador y exlíder del partido comunista, Miguel Mármol, quien sobrevivió a su propia ejecución por fusilamiento durante la masacre de 1932.
Don Miguel Mármol tenía una oficina en el departamento de ciencias políticas donde impartía conferencias y consultas individuales. Su biografía, escrita en 1966 por el famoso poeta Roque Dalton, estaba disponible en la biblioteca y todos queríamos leerla. Era un universo de libertad. Una nueva experiencia para un estudiante que apenas terminaba la secundaria.
Nuestra instructora individual era una muchacha de segundo año de Humanidades que planeaba ser trabajadora social. Yo no sabía su nombre. En parte se debía a la costumbre de llamarnos "compañero" o "compañera" y en parte a que éramos muchos los que necesitábamos de su ayuda. Para mí, era todo lo que uno imagina en una universitaria. Ante mis ojos era bonita, de piel color cobre, vestía de blue jeans con símbolos de la paz bordados en los bolsillos traseros, su cabellera larga negra y lacia, partida al medio, y de camisa cuadriculada amarrada en la cadera. Siempre estaba dispuesta a responder nuestras preguntas y a dedicarnos tiempo individual.
Una tarde nos explicaba que, a diferencia de las universidades norteamericanos, en El Salvador no existían fraternidades, sino que frentes estudiantiles. Que eran asociaciones estudiantiles que representaban tendencias políticas y abogaban por los estudiantes. Los frentes funcionaban como partidos políticos que promovían candidatos para la Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños (AGEUS). La AGEUS tenía un puesto permanente en el consejo superior universitario.
Cualquier estudiante podía solicitar unirse a un "frente estudiantil" según simpatías y afinidades de cada uno o simplemente no unirse a ninguno, como parecía haber sido la decisión de la mayoría. Los más visibles parecían ser los frentes de izquierda, pero había moderados y conservadores; estos últimos se caracterizaban por vestir traje y corbata.
Parte de la orientación, para estudiantes nuevos, consistía en asistir a los debates estudiantiles donde representantes de cada frente estudiantil presentaban sus planes de cómo iban a apoyar a los estudiantes.
Después de la orientación ella nos preguntó si alguno de nosotros asistiría a la manifestación estudiantil del miércoles siguiente (30 de julio de 1975). El propósito de la manifestación era protestar contra la intervención del gobierno en la universidad.
Ella me gustaba, puesto que representaba todo lo que admiraba en una muchacha. Así que, sin pensarlo dos veces, me ofrecí a acompañarla. Sonrió y acordamos encontrarnos el miércoles siguiente. Quizás interpreté su sonrisa más de lo que la sonrisa ofrecía, pero era suficiente para mí.
El día de la manifestación, trabajé el turno de la mañana y al mediodía fingí no sentirme bien y pedí permiso para irme.
Corrí para tomar el bús que me llevaría a la universidad, donde había quedado de juntarnos e irnos juntos a la manifestación. Nos unimos a otros estudiantes en la entrada de la Facultad de Derecho. Platicamos un rato y nos unimos a los demás manifestantes que empezaban a marchar por la 25 Avenida en dirección del centro. Íbamos platicando, para ser franco yo no iba muy interesado en la manifestación, pero iba disfrutando de su compañía. Fue durante esa conversación cuando supe que estaba en segundo año y planeaba ser trabajadora social. Hablamos de mi trabajo. Hablamos de cómo mi carrera me llevaría más tiempo, porque necesitaba trabajar a tiempo completo. Ella me contó su interés en trabajar con agricultores. Cómo su familia había perdido su pequeña finca a manos de un latifundista. Algo con lo que me identifiqué, ya que había sido testigo de cómo mis abuelos se vieron obligados a vender su finca de café por un precio inferior a su valor. El terrateniente que compró su propiedad era el mismo dueño del banco que les había hipotecado.
Estaba feliz, caminando con ella en medio de un mar de estudiantes coreando consignas políticas: "...el pueblo unido jamás será vencido...", o canciones ofensivas contra el gobierno: "...Gorilas, hijos de puta, los estudiantes somos vergones ...".
De repente, oímos el inconfundible sonido de ametralladoras. Nos miramos como si no estuviéramos seguros de poder confiar en nuestros propios sentidos. Las consignas cesaron y la gente que estaba al frente de la manifestación empezaron a caer y a correr en todas direcciones. Uno de los estudiantes que corría en nuestra dirección recibió un disparo y cayó cerca de donde estábamos. Eso pareció despertarnos de nuestra sorpresa inicial y empezamos a correr, en diferentes direcciones.
Mi corazón empezó a latir descontroladamente y se me secó la boca; instintivamente eché a correr sin pensar en nadie más que en mí mismo. El sonido de las ametralladoras sonaba más lejos, pero no se detenía.
No estar al frente de la manifestación nos salvó la vida, como íbamos platicando, caminábamos más despacio que el resto de los manifestantes. Por lo tanto, en lugar de estar en medio del grupo principal, caminábamos por las aceras, lo que nos brindó cierta protección cuando el ejército comenzó a disparar contra los manifestantes desarmados. El tiroteo indiscriminado contra los estudiantes se conocería como la "Masacre Estudiantil del 30 de julio de 1975".
Cuando la universidad reanudó las orientaciones, nunca la volví a ver y fue cuando me di cuenta de que ni siquiera sabía su nombre.
Me gradué de la Universidad en 1984, el mismo año me autorizaron para la abogacía y el año siguiente fue autorizado como notario. Poco tiempo después me especialicé en derechos humanos. Uno de los pocos espacios relativamente seguros para trabajar en derechos humanos era la oficina de derechos humanos del arzobispado. Me convertí en uno de sus abogados y unos años más tarde en el asesor legal del arzobispo.
En el contexto de negociaciones de paz entre el gobierno y el FMLN, ambas partes acordaron que el arzobispo, mi jefe, sería el mediador. Un primer paso fue el intercambio de prisioneros.
Parte de mi trabajo como uno de los asesores legales consistía en escoltar a los exprisioneros al departamento de Chalatenango, actuando como secretario del comité negociador.
Una vez que los prisioneros fueron liberados, fueron transportados a San Ignacio y de allí caminamos unas tres horas hasta una zona segura, o como las llamaban los insurgentes, "zona liberada”, donde sus familias, amigos y compañeros los esperaban. Al llegar al campamento, "Ella" fue quien recibió formalmente a los exprisioneros. En su carácter de comandante de más alto rango en la "Zona Liberada", se presentó con nosotros como comandante Claudia.
La reconocí inmediatamente. Se veía cansada, tenía el pelo corto, su piel era más oscura y estaba mucho más delgada, pero su voz y presencia eran las mismas. Yo, en cambio, había engordado mucho y tenía barba entera que virtualmente me cubría la cara.
No me identifiqué con ella o, mejor dicho, no le dije que la conocía. Ella me llamó doctor y yo la llamé comandante. No podía dejar de mirarla, tratando de hacerlo con discreción. Llevaba una subametralladora al hombro y una escuadra en la cintura. Me pareció que no me había reconocido, o si lo hizo, no dio señales de haberlo hecho. Me dio un poco de pena y mucha vergüenza, por lo ni siquiera intenté recordarle quién era. La última vez que nos vimos había sido huyendo, presa del pánico, sin importarme su seguridad.
Años después, en 1989, llegó a mi oficina la lista de víctimas de guerra que periódicamente recibíamos del Comité Internacional de la Cruz Roja. Vi su seudónimo en la lista y, junto a él, su nombre legal. El ejército había atacado a un grupo de civiles que huían. Ella había sido la última combatiente cubriendo la retirada, o como se le decía en ese tiempo “la guinda” de las familias que huían. Murió defendiendo civiles, ancianos, mujeres y niños.
Al enterarme de su muerte lloré por ella. Finalmente había sabido su nombre legal. Cada año en el aniversario de la masacre del 30 de julio, la recuerdo. Para mí es un recordatorio del tiempo de la inocencia, una época que terminó para siempre.
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