El privilegio de conocer a dos santos y no saberlo

 Conociendo al Primer Santo 

En 1978, era yo un joven estudiante de derecho, y comencé a trabajar como voluntario en el departamento legal de la Oficina de Derechos Humanos de la Arquidiócesis, entonces conocida como “Socorro Jurídico”. Para muchos de nosotros, el voluntariado era una forma de adquirir experiencia práctica en procedimientos legales, investigación y documentación. La Facultad de Derecho promovía entre los estudiantes a buscar lugares donde podíamos practicar y desarrollar nuestras habilidades profesionales. Como voluntarios, los estudiantes de primeros años, no participábamos directamente en la defensa de los derechos humanos; esa responsabilidad recaía en un equipo dedicado de abogados y estudiantes de últimos años. Nuestra función era principalmente investigación y documentación. Muchos trabajábamos a tiempo completo mientras estudiábamos también a tiempo completo, lo que limitaba las horas que podíamos dedicar al voluntariado. En mi caso, contribuía en las mañanas, de siete a nueve.

Inmediatamente después, me iba apresuradamente a mi empleo la ferretería, donde trabajaba hasta las seis de la tarde. De allí, salía para la Facultad de Derecho donde asistía las clases, que generalmente terminaban a las diez de la noche.

Era un horario exigente durante un período muy inestable en El Salvador. El gobierno militar había intensificado la represión contra estudiantes, sindicalistas, líderes religiosos y organizaciones campesinas. Desde principios de la década de 1970, el flagrante fraude electoral, junto con el encarcelamiento sistemático, los secuestros y asesinatos de líderes sociales, habían creado una atmósfera de miedo constante. Viajar en transporte público, o incluso cuando conducía su propio vehículo, conllevaba una ansiedad persistente. Cualquiera podía ser víctima de un ataque de un escuadrón de la muerte, un asalto guerrillero a un puesto militar o simplemente estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

En contraste, mi voluntariado cada mañana se sentía como una pequeña esquina de paz. Me ahorraba el estrés de estar en la calle, la presión de las responsabilidades de ser vendedor en la ferretería y la constante intimidaciones en la universidad. Que desde 1976, el campus había estado bajo el control de un órgano de gobierno opresivo, aliado con la dictadura militar. Guardias armados patrullaban las instalaciones, acosando constantemente a los estudiantes, cacheándonos, revisando nuestras bolsas e incluso tocando de forma inapropiada a las compañeras.

Óscar Arnulfo Romero (15 de agosto de 1917 - 24 de marzo de 1980) fue nombrado el 3 de febrero de 1977 cuarto arzobispo de San Salvador. Su nombramiento se consideró un compromiso: si bien era respetado como obispo letrado espiritual y conservador, lo cual complacía al gobierno militar, muchos miembros progresistas de la Iglesia lo veían con recelo y desconfiaban de su capacidad para abogar por reformas sociales.

Un punto de inflexión en la vida de Monseñor Romero se produjo el 12 de marzo de 1977, cuando su amigo íntimo, el padre Rutilio Grande SJ, fue brutalmente asesinado mientras conducía por una carretera remota. Junto a Grande, dos líderes campesinos y varios niños también fueron asesinados. Esta tragedia afectó profundamente a Romero y lo transformó en un firme defensor de la injusticia social y la violencia indiscriminada perpetrada por el Estado.

Entre 1977 y 1980, más de cincuenta líderes religiosos fueron capturados, torturados o forzados al exilio. Seis sacerdotes fueron asesinados y cuatro monjas estadounidenses fueron violadas y asesinadas por la Guardia Nacional. Innumerables estudiantes, líderes sindicales y campesinos también fueron asesinados, desaparecidos o detenidos sin el debido proceso. Arzobispo Romero se convirtió en una poderosa voz que denunciaba la brutal represión del gobierno. En su homilía del día anterior a su asesinato, él había instado a los miembros de las fuerzas armadas desobedecer la orden ilegal de matar que impartían los oficiales y mandos superiores. Su asesinato se convirtió en el catalizador de la Guerra Civil salvadoreña, que duraría doce años.

Ese fue el contexto en el que lo conocí en 1978. Casi todas las mañanas, alrededor de las ocho, Monseñor Romero pasaba frente a nuestras oficinas, camino a sus labores. Nuestro director, Roberto Cuéllar, nos llamaba para que saliéramos de nuestros cubículos y lo saludáramos. Nos reuníamos en el pasillo del palacio arzobispal para darle los buenos días mientras caminaba por los pasillos en ruta a su despacho.

Nunca tuve una conversación personal con Monseñor Romero. Yo era solo un estudiante desconocido que hacía voluntariado en una de las muchas oficinas de la Arquidiócesis. Sin embargo, él siempre nos respondía los buenos días y saludaba con cariño. Cuando le decía buenos días él me devolvía el saludo y, a veces, con una sonrisa, me daba una suave palmadita en el estómago con su dedo índice y me decía: «Tienes que adelgazar, estás demasiado gordo».

A menudo me preguntan si alguna vez tuve la oportunidad de conocer a San Romero de América, como se le reconoce ahora tras su canonización. Siempre que recuerdo aquellas mañanas en la Oficina del Socorro Jurídico. Me gustaría creer que, a su manera, el santo me deseaba buena salud a mí un joven estudiante desconocido, reforzando la sensación de paz que la oficina brindaba en tiempos difíciles.

El arzobispo Romero, defensor de las causas sociales y de la Teología de la Liberación, que proponía la "opción preferencial por los pobres", fue asesinado mientras celebraba la misa el 24 de marzo de 1980 por un escuadrón de la Muerte de extrema derecha. Tras años de demoras por razones políticas dentro de la jerarquía de la Iglesia Católica en Roma, su canonización finalmente se celebró en la Plaza de San Pedro de Roma el 14 de octubre de 2018. 

La semana del asesinato de Monseñor Romero coincidió con un momento significativo en mi vida: el matrimonio de la madre de mis hijos y yo. Habíamos pasado más de un año planeando nuestra boda, y yo había reservado tiempo para centrarme en la ceremonia y nuestra luna de miel. Esto significó que no estuve presente inmediatamente después de la crisis. En medio de las celebraciones, mientras nos alojábamos en un hotel junto a la playa recibimos la noticia del tiroteo indiscriminado que soldados habían hecho contra los asistentes al funeral del santo. La yuxtaposición de alegría personal y tragedia nacional permanece profundamente grabada en mi memoria.

Encuentro con el Segundo Santo

El 26 de junio de 1980, por orden del gobierno militar, la Universidad de El Salvador fue nuevamente intervenida por el ejército iniciando un período de cuatro años de exilio para gran parte de la comunidad universitaria. Algunos de nosotros, estudiantes de último año para entonces, tuvimos la suerte de continuar las clases en residencias privadas o en aulas improvisadas en colegios e institutos solidarios. A pesar de la turbulencia, me gradué en 1984 y la Corte Suprema me autorizó como abogado y notario público en 1985. Poco después de graduarme, e incluso antes de que se finalizara mi autorización, comencé a trabajar como uno de los abogados de la recién creada Oficina de Derechos Humanos de la Arquidiócesis. El Socorro Jurídico se había desmantelado tras el asesinato de Monseñor Romero, cuando su personal huyó al exilio. El nuevo arzobispo, Arturo Rivera Damas, creó una institución sustitutiva conocida como Tutela Legal.

Para entonces, la guerra civil estaba en pleno apogeo y nuestra oficina estaba inundada de casos, estábamos trabajando sin descanso para abordar el flujo constante de violaciones de derechos humanos. Para empeorar las cosas, en octubre de 1986, un terremoto de gran magnitud azotó San Salvador y sus alrededores, arrasando gran parte de la ciudad. El desastre añadió otra dimensión de crisis y urgencia a nuestra ya agotadora labor.

Muchos gobiernos extranjeros y agencias internacionales de ayuda enviaron asistencia a las víctimas del terremoto. Sin embargo, debido a la corrupción generalizada del gobierno salvadoreño las agencias de ayuda le pidieron a la arquidiócesis que se encargara de administrar la mayor parte de la ayuda internacional.

Una mañana de noviembre de 1986, me informaron que un grupo de víctimas del terremoto y refugiados había sido detenido por la Guardia Nacional. Tanto activistas como representantes del gobierno solicitaron que nuestra oficina enviara un representante autorizado para resolver la situación. El canciller de la arquidiócesis, Monseñor Ricardo Urioste, me llamó directamente y me pidió que atendiera el asunto de inmediato. Un sacerdote de su oficina y varias monjas enfermeras me acompañarían, ya que había niños y ancianos en riesgo. Tras terminar mi conversación con Monseñor Urioste, reuní los documentos necesarios y llamé al cuartel general de la Guardia Nacional para informarles que me dirigía a atender la crisis. Les informé que tenía plena autoridad del arzobispo y de quien me iba conmigo, dándoles los nombres de quienes eran mis acompañantes.

En aquellos días, parecía que cada hora traía una nueva emergencia. El reto siempre consistía en decidir qué crisis atender primero. Ese día, al salir apresuradamente, encontré al arzobispo Rivera en la puerta de mi oficina.

Desde 1977, las Misioneras de la Caridad, la orden religiosa fundada por Madre Teresa, mantenían un convento en San Salvador. Sus monjas eran comunes en la ciudad y los pueblos de los alrededores, fácilmente reconocibles por sus distintivos hábitos blancos y azules. Verlas en los pasillos del Palacio Arquidiocesano no era raro.

"Hola", me dijo el arzobispo Rivera. "Solo venía a presentarte a la Madre..." (No entendí el nombre que mencionó). Me giré y vi a una monja pequeña y frágil que estaba junto a él. "Mucho gusto, hermana", le dije, estrechándole la mano brevemente. Si respondió, no lo oí. Mi mente ya estaba concentrada en la crisis que iba a atender. Rápidamente le informé al arzobispo sobre la situación y salí casi corriendo al parqueo donde me esperaban mis acompañantes.

Al día siguiente, supe que la monja con la que había conocido tan brevemente era el día de la crisis, era Madre Teresa de Calcuta, quien estaba de visita en el país e inspeccionando el convento de las Misioneras de la Caridad. María Teresa Bojaxhiu (26 de agosto de 1910 - 5 de septiembre de 1997), mejor conocida como Madre Teresa, quien fue canonizada en la Plaza de San Pedro, Ciudad del Vaticano, el 4 de septiembre de 2016. La frágil mujer cuya mano estreché aquel día de noviembre de 1986 fue posteriormente declarada santa, y la conocí sin saber quién era.

Al reflexionar sobre esas experiencias me doy cuenta de lo extraordinarios que fueron aquellos encuentros. En medio del caos, la represión y el sufrimiento humano, me crucé, sin saberlo, con dos personas cuyas vidas algún día serían reconocidas como modelos de santidad. Ambos santos representaron la compasión y la justicia en tiempos de oscuridad. Su breve presencia en mi vida me recuerda que incluso los intercambios humanos más pequeños pueden tener un significado, que a menudo solo se revela con el paso del tiempo.


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