Entre la vida y la muerte: La madrugada que nació mi primer hijo

 Desde el asesinato del arzobispo Óscar Romero en marzo de 1980, El Salvador se encontraba bajo un estado de sitio permanente. La dictadura militar, a través de la Asamblea Legislativa, había decretado la suspensión de las libertades civiles, despojando a la población de derechos fundamentales infundiendo miedo en la población. Durante el estado de sitio se aplicaba un estricto toque de queda entre las seis de la tarde y las seis de la mañana. Cualquiera que fuera sorprendido en la calle a esas horas corría el riesgo de ser fusilado.

Ese el contexto en que me casé y en el que nació mi primer hijo, en diciembre de 1981.

Eran alrededor de las dos de la madrugada cuando Ana María me despertó y me dijo que el bebé estaba en camino.

Ninguno de los dos tenía experiencia en lo que nos estaba pasando. Éramos recién casados y quien llegaba era nuestro primer hijo. Su embarazo había sido saludable, pero estuvimos preocupados debido a un aborto espontáneo que había sufrido unos meses antes. En circunstancias normales, los dolores de parto nos habrían llenado de una alergia nerviosa. Pero el toque de queda, los soldados en las calles y la constante amenaza de violencia hicieron que ese momento fuera aterrador.

En aquel entonces, la atención médica en El Salvador se dividía en tres niveles: El Hospital Rosales financiado por el estado, el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), que se financiaba con las contribuciones mensuales de los empleados, lo que proporcionaba una red de seguridad para quienes formaban parte de la fuerza laboral formal, y el sector privado. 

Como Ana María y yo estábamos empezando nuestras carreras y no teníamos los medios económicos para pagar la atención hospitalaria privada, recurrimos al Hospital de ISSS para darle seguimiento y parto de nuestro bebé. Este hospital del ISSS estaba ubicado a unos seis kilómetros de nuestra casa.

No había ambulancias disponibles; los servicios de emergencia, como tantos otros aspectos de la vida cotidiana, habían sido puestos bajo control militar durante el estado de sitio.

Al despertarme, me entro pánico. Ver el dolor en el rostro de mi esposa y darme cuenta de que no podía hacer nada era abrumador. Ana María demostró una fuerza increíble que todavía aun le admiro. Entre contracciones, se duchó tranquilamente mientras yo preparaba el carro para el viaje que nos esperaba.

Teníamos un Volkswagen Escarabajo 1964 destartalado. No tenía cinturones de seguridad, ni luz interior, y un alternador defectuoso que descargaba la batería. La ley de estado de sitio ordenaba que durante el toque de queda, los vehículos circulando requerían que la luz interior se mantuviera encendida para que los soldados en los retenes pudieran ver quién estaba dentro. Cualquiera que se moviera por la ciudad en la oscuridad corría el riesgo de ser confundido con un guerrillero y ser ejecutado en el acto. Cogí una linterna para que sirviera como luz interior improvisada.

Ana María, entre contracciones, preparó una pequeña maleta con su ropa. De repente, se le rompió aguas. Nos subimos al coche a toda prisa y tomamos la ruta más directa, la calle de Monserrat a la 25 Avenida Norte.

El primer tramo estaba desierto, sin carros ni gente, ni soldados. Pero de repente llegamos al primer retén.

Llevaba la lampara en mi mano derecha sosteniéndola en alto mientras manejaba con la mano izquierda. Cambiar velocidades era todo un reto, ya que prácticamente tenía que cambiar la lampara de la mano derecha a la izquierda y viceversa y al mismo tiempo usar el timón del carro. 

Al acercarnos al retén, vi el destello de los cañones de los fusiles apuntándonos. Reduje la velocidad y mantuve la luz fija. Un soldado me hizo señas para que parara y me ordenó sacar las manos por la ventanilla. Le dije que no podía, que sostenía la luz para que nos vieran y que mi esposa estaba por dar a luz. Ana María se ofreció a sostener la linterna, pero yo temía que cualquier movimiento repentino dentro del vehículo pudiera malinterpretarse. Estábamos en la penumbra entre una vida que estaba a punto de comenzar y una muerte que tal vez nunca veríamos venir. Me ofrecí a bajarme del vehículo con las manos en alto, pero el cabo me dijo que no era necesario y me ordenó conducir despacio hacia donde estaban ellos.

Al acercarnos al puesto de control, noté que los soldados estaban borrachos, algo que me preocupo aún mas y no alivió mis nervios ya tensos. Uno de ellos, claramente al mando, ordenó a otro que inspeccionara el coche. Luego me dijo que abriera el maletero. Pregunté si podía darle la linterna a mi esposa primero; estaba de parto. Abrí el maletero, mostrando el motor en la parte trasera. Eso pareció satisfacerlos.

El cabo llamó por radio, alertando al siguiente puesto de control de que veníamos, eso me dio un gran alivio.

El segundo puesto de control fue más fácil. Aunque nos detuvieron nos dejaron pasar sin apenas mirarnos. Pero al igual que en el primero, los soldados también habían estado bebiendo.

Pronto llegamos al hospital. La entrada de urgencias estaba cerrada tras dos pesadas puertas de hierro macizo con una pequeña ranura a la altura de los ojos. Llamé y un hombre se asomó y me pregunto qué quería.

Le expliqué que mi esposa estaba por dará a luz. Me pidió ver la. Le ayudé a Ana María a salir del carro. Tenía la bata empapada y las contracciones eran rápidas y fuertes. El hombre retrocedió y abrió la puerta. Dos enfermeras salieron con una camilla y, rápida y tranquilamente, la llevaron adentro del hospital.

Intenté seguirla, pero el hombre me detuvo. Me dijo que no podía entrar y cerró las puertas, literalmente en mi cara.

Me quedé allí, atónito. No podía hacer nada más. Volver a casa no era una opción, porque tenía que detenerme en los mismos retenes que habíamos pasado y explicarles a los soldados, que ya estaban borrachos, qué hacía conduciendo solo a esas horas de la mañana. Si es que me permitían hablar. Un hombre solo en un coche era una perspectiva diferente a la de una pareja con una mujer dando a luz. Aunque no era seguro estar afuera durante el toque de queda, mi mejor opción era esperar en el parqueo del ISSS.

Moví el carro a un parqueo cercano y me preparé para la larga espera, en lo obscuro, hasta las seis, cuando finalmente el toque de queda se levantaría. El miedo me impedía dormir; Solo pude echar una siesta ligera, interrumpida frecuentemente por ruidos repentinos que me despertaban sobresaltado. Cada sonido me ponía los nervios de punta, impidiendo un sueño reparador. Después de unas tres horas y media, el cielo empezó a aclararse y el amanecer trajo una sensación de alivio. La luz del día disipó gradualmente las ansiedades de la noche y revitalizó mi espíritu, llenándome de energía para el día que se avecinaba.

Con el sol en la calle, caminé hacia las puertas del hospital y toqué, esperando alguna novedad sobre Ana María y el bebé. Esta vez, la pequeña ranura ni siquiera se abrió; en cambio, una voz desde adentro me informó que no se permitían visitas hasta después de las diez de la mañana indicándome que regresara a esa hora.

Sin otra opción, volví a casa por las mismas calles que había recorrido antes. Los retenes habían desaparecido, y la ciudad se había despertado, el tráfico fluía libremente, los peatones paseaban por las aceras, los vehículos y autobuses circulaban, y los ciclistas repartían pan francés entre las panaderías y las tiendas en bicicletas modificadas que les permitían llevar canastos con pan sobre el manubrio y en la parte de atrás de sus bicicletas. Los vendedores ambulantes instalaban sus puestos, llenando el aire con el aroma de la comida artesanal. Todo parecía transformado; la ruta familiar, la que recorría a diario desde el trabajo. Todo parecía diferente esa mañana, como si el pueblo mismo hubiera cambiado de la noche a la mañana. 

Al llegar a casa, me duché y llamé a mis padres para contarles lo sucedido esa madrugada y decirles que volvería al hospital en cuanto pudiera para conocer a mi primer hijo. Hice lo mismo con la madre de Ana María. El tiempo parecía detenerse mientras esperaba la hora en que finalmente pudiera ver a mi esposa y a nuestro bebé, cuyo sexo aún desconocía, un misterio para mí, ya que la tecnología aún no había hecho posibles tales revelaciones.

Cuando por fin llegó la hora, volví a conducir por la ruta habitual. A diferencia del tenso viaje de la madrugada, que me había llevado casi cuarenta y cinco minutos, este viaje duró menos de quince minutos, incluyendo el estacionamiento y la caminata hasta las puertas del hospital, ahora abiertas.

Una amable recepcionista me recibió y me indicó dónde estaban mi esposa y mi hijo. Mientras caminaba por los pasillos del hospital, me di cuenta de que ni siquiera había traído flores. Mi corazón se aceleró y los pasillos parecieron alargarse más de lo que recordaba. Finalmente, doblé una esquina y vi a cuatro mujeres con sus recién nacidos en brazos; entre ellas estaba Ana María, acunando a nuestro primer hijo. Apenas unos minutos después, llegaron mis padres. Mi madre llevaba un ramo de flores y mi papá lucía una sonrisa que no podía ocultar. Lo que pareció un instante fugaz, en realidad fue casi una hora. Durante ese tiempo, mi papá me llamó aparte y me dijo en voz baja: “Ahora que sos padre, el ciclo se ha completado. Asegúrate de que tu hijo siempre esté orgulloso de vos”.

Me orgullece decir que pude decirle lo que mi papá me había dicho cuando nació la primera hija de mi primogénito en Vancouver en 2013.


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