Amor en Tiempos de Guerra Condenado a Concluir en Lagrimas

 Esa mañana él entró en su oficina, ella ya estaba esperándolo. Se levantó al verlo acercarse y, al estrecharse la mano, su apretón fue firme, inmediatamente comendaba seguridad.

Ella le dijo su nombre presentándose. Tenía el pelo rubio con destellos rojizos, trenzada con pulcritud hasta sus caderas. Los ojos verde grisáceos reflejaban inteligencia y desafío. No llevaba maquillaje, vestía una falda larga azul y una blusa blanca bordada al estilo tradicional local. Su impecable castellano lo sorprendió, claro, pausado, con un ligero acento que solo podía ser que lo había aprendido en España y muy joven.

Por un breve instante, guardó silencio, entre la admiración y la compostura profesional. Luego, recuperando la voz, preguntó: "Bienvenida. ¿En qué puedo servirle?".

Ella esbozó una pequeña sonrisa cómplice, entre divertida y desafío e inicio a contarle su historia. Explicándole que era trabajadora voluntaria con un grupo de extranjeros que ayudaban a sobrevivientes del terremoto, que su equipo, había llegado de Canadá, y cuando arribaron habían sido detenidos en el aeropuerto. "Ya estamos todos libres. Nos liberaron poco tiempo después", dijo, al notar su reacción.

"Me alegro", respondió. "Y si no hay ningún problema, ¿para qué me necesita?".

Ella mostrándose divertida, continuó: “¡Que hay un problema hay un problema! Resulta que no tengo permiso de trabajo autorizado. Las autoridades del aeropuerto me restringieron la posibilidad de trabajar".

"¿Por qué?", la interrumpió él.

“Cuando los soldados revisaban nuestro equipaje”, ella continuó, “uno de los soldados encontró un libro que llevaba mi colega, y eso desencadenó una reacción hostil de parte de los soldados”.

“¿Qué libro?”, preguntó él, sospechando la muy conocida paranoia del régimen.

“El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir” respondió ella con calma

Él no pudo evitar reírse suavemente, no de ella, sino de lo absurdo de la situación al tratar un libro como si fuera contrabando. “¿Y dónde está su colega ahora?”, le preguntó.

“Ella está incorporada al trabajo”, respondió. “Recibió su permiso de trabajo sin restricciones. Ese no fue mi caso” concluyó.

Más divertido que molesto él preguntó quizás para sí mismo: “¿Por qué restringirían su permiso mientras que a la dueña del libro no?”. Sin esperar respuesta, continuó: “¿Por qué no regresa mañana por la tarde, después de que hable con las autoridades?”.

En ese momento, él creía que una simple llamada bastaría para resolver el impasse. Por su trabajo conocía a varios empleados del ministerio, y la mayoría de los problemas se podían resolver con paciencia y persistencia y un pequeño soborno.

Tras llamar al ministerio, él se enteró, por su contacto, el empleado que atendía los permisos de trabajo, de que el equipaje del equipo médico había sido inspeccionado porque alguien los había denunciado como subversivos. Que al ser extranjeros los había salvado de la cárcel. El empleado le conto que cuando los funcionarios descubrieron el libro, detuvieron al grupo, separando a la dueña del libro del resto del equipo.

La tensión aumentó cuando la dueña del libro fue escoltada a un interrogatorio. “su cliente” le comento el empleado “actuando como portavoz del equipo, se negó a permitir que su colega enfrentara el interrogatorio sola, argumentando que su amiga necesitaba un intérprete. Hasta que unos soldados que escoltaban a su colega se interpusieron frente a ella, bloqueándole el paso. Ella protestó, pero sus objeciones fueron ignoradas. Durante una hora tensa, la situación osciló entre la farsa burocrática y el peligro real, hasta que finalmente, el equipo fue liberado sin más incidentes”. Con ello el empleado concluyo la narrativa. 

Sin embargo, el incidente dejó una marca. A pesar de haber sido liberados sin condiciones, el ministerio restringió el permiso de trabajo a quien calificaron de "persona de interés".

El empleado que le transmitió esta información le dijo que no tenía sentido discutir. El asunto requería una comparecencia personal, e insinuó, sugiriendo que lo que el gobierno realmente quería era una disculpa y que el director general los recibiría a primera hora de la mañana siguiente.

Con la información recibida, él decidió visitar la residencia de los voluntarios para informarles de la situación y del cambio de horario. Los voluntarios estaban reunidos alrededor de la mesa, a punto de compartir la cena. Le dieron la bienvenida y lo invitaron a cenar con ellos.  Ella, sonriendo con tranquila, le indicó un asiento vacío a su lado.

Esa noche, bajo la tenue luz de una sola bombilla, rodeados de risas y el aroma de tortillas, arroz, frijoles y, por supuesto, cervezas, compartieron una comida sencilla y reconfortante.

A la mañana siguiente, él y ella fueron al ministerio. El empleado que los recibió, un hombre pequeño con una camisa cuyo cuello parecía dos tallas más grandes. Además, la loción que usaba para después de afeitarse no lograba encubrir el olor a alcohol barato que salía de sus poros. Les ofreció una sala de espera, explicando que la reunión se había pospuesto y seria dentro de dos horas.

En lugar de esperar, decidieron caminar hasta una pequeña cafetería cercana, donde él la invitó a probar una bebida local, horchata de morro, una bebida dulce con sabor a nuez hecha de las semillas del árbol de morro (Crescentia alata), también conocido como jícaro. Ella examinó la bebida lechosa con curiosidad infantil antes de tomar un sorbo. Su rostro se iluminó de sorpresa.

"Es deliciosa", dijo, riendo suavemente. Su deleite lo divirtió. El tiempo pasó rápido, y pronto llegó la hora de regresar a su cita en el ministerio.

El mismo empleado, actuando excesivamente cortés, los saludó de nuevo. Sacó un portafolio de la gaveta de su escritorio y se le entregó a ella. Era un documento sellado, el permiso que le habían negado en el aeropuerto.

Él preguntó por la reunión que tenían programada con el director, y el empleado sonrió.

"No hace falta", dijo con fingida modestia. "Hablé con él personalmente en su nombre. El director aprobó el permiso de trabajo, no hay necesidad de molestarlo" concluyó.

Al salir del ministerio, él le dijo a ella: "Esa actuación fue para nuestro beneficio. Es una forma de aparentar que nos hizo un favor, para que un día, cuando necesite algo, yo sea quien esté en deuda con él. Así funcionan las cosas aquí. Es una fachada de legalidad construida sobre el intercambio de favores.

Ella frunció el ceño, intentando asimilar el cinismo. Entendía la lógica, pero no la rendición moral que requería.

Después, ella lo invitó a almorzar en su casa. La comida fue modesta y la conversación, amena y amena. El tiempo paso demasiado rápido. 

Para cuando le llegó el turno de irse a media tarde, ella lo acompañó hasta la puerta. Siguió un breve silencio, denso pero suave. Luego se inclinó y lo besó en la mejilla. Un gesto sencillo, pero que perduró mucho tiempo. "Gracias por tu ayuda", dijo en voz baja.

Pasaron algunas semanas, y la vida volvió a su rutina: archivos, reuniones y el pulso constante y monótono de un país en guerra. Entonces, una tarde, él salió de su oficina y se quedó paralizado. Ella estaba allí en la puerta de su oficina. Su presencia lo sobresaltó y lo invadió una oleada de emociones: felicidad, ansiedad, y otras emociones que no podía explicar. 

"¡Hola!” él dijo “¿que, te revocaron el permiso de trabajo?", preguntó sonriendo, intentando sonar despreocupado.

Ella le sonrió suavemente. "No, no, no me han molestado desde que fuimos al ministerio.  Vi el rotulo de tu oficina desde el autobús y decidí pasar a saludarte".

Su visita fue animada y, tras unos minutos de conversación, él le sugirió salir a comer. Fueron a un restaurante a la vuelta de la oficina. El restaurante tenía un pequeño grupo de músicos cantando viejas baladas mexicanas. En un momento dado, él le dedicó una canción.

Los ojos de ella brillaron de sorpresa. Se sonrojó levemente y sonrió, con esa risa franca y melódica que siempre parecía desarmar a quienes la rodeaban.

"Nadie ha hecho algo tan dulce por mí", le dijo en voz baja.

Después de la cena él la llevó a su casa. La ciudad estaba oscura y silenciosa, las calles brillaban tenuemente por la lluvia anterior. Conduciendo en la maraña de calles silenciosas ninguno de los dos habló mucho durante el viaje. En un momento dado, ella apoyó su cabeza sobre su hombro; palabras eran innecesarias.

En cuanto entraron en la casa, sus cuerpos se fundieron en un abrazo que duró toda la noche.

La pasión entre ellos era feroz, absorbente, y quizás desesperación. Eran dos personas que buscaban calor en un mundo que se enfriaba, encontrando consuelo en los brazos del otro, aunque solo fuera por unos minutos.

Aprendieron a vivir en fragmentos: un beso tras la puerta, un café compartido entre reuniones, una hora robada al deber y la conciencia. A veces, cuando sus colegas estaban fuera por trabajo, el Carlos se quedaba en su casa. Otras veces, visitaba los campamentos donde ella trabajaba, con pretextos inofensivos.

Eran momentos de frágil felicidad, entretejidos de peligro y secretismo, su propia pequeña rebelión contra el mundo que los rodeaba.

Lo inevitable se acercaba. Ella debía comenzar los preparativos para regresar a su tierra natal. Necesitaba completar su doctorado en enfermería y le habían ofrecido una cátedra en la Universidad.

Ella sabía que su contrato como voluntaria durante la guerra estaba por terminar. Él decidió llevarla de viaje. Necesitaban tiempo, tiempo para hablar sobre lo que sucedería después. El momento de tomar decisiones se había acercado sigilosamente, y ya no podían fingir que su relación no tenía fin. Había pasado casi un año desde aquella primera noche en el restaurante.

Se movían por el paisaje como turistas, fingiendo ser una pareja normal. Caminaban abiertamente, tomados de la mano a plena luz del día, riendo sin tener que esconderse. Comieron helados en plazas públicas, subieron a la histórica pirámide y pasearon por las sombrías ruinas. Se rieron, se rieron de verdad, sin importarles quién los viera. Podían estar juntos sin tener que preocuparse.

Pero esa libertad conllevaba su propia tristeza, porque sabían que el tiempo que habían pasado juntos solo existía en breves fragmentos robados.

En un momento dado, ella se volvió hacia él y le pidió en voz baja le dijo: «Vente conmigo a Canadá».

El dudó unos segundos y se negó. En ese momento, las razones sonaban nobles: tenía responsabilidades que atender, una carrera, un trabajo ayudando a la gente, sabía que en cualquier otro lugar tendría que empezar de cero y que nunca volvería a ocupar el papel profesional que se había forjado en su tierra natal. El amor no bastaba para cambiar todo lo que eso representaba.

El comprendió que decir que no significaba más que negarse a irse. Significaba aceptar que su historia, por hermosa que había sido, estaba llegando a su inevitable final.

Se vieron una vez más, pero no como amantes. Ella llegó a su oficina, pero como cliente para tramitar su visa de salida. Ella hizo el trámite y al terminar, le extendió la mano, formal y serena. Él le tomó la mano con la misma formalidad aparente, sintiendo el peso de una despedida que jamás se desharía. Nunca más se volvieron a ver.

Pasó el tiempo, terminó la guerra, la vida de EL cambió varias veces, envejeció. Ella seguía joven en su memoria, nunca envejeció. En su memoria ella seguía subiendo descalza a la pirámide o corriendo por los jardines riendo con el pelo suelto en el viento tropical.


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