Pulvis es et pulvis reverteris
(Del latín: «Polvo eres, y al polvo te convertirás».)
Para quienes siguen la fe cristiana, hoy es Miércoles de Ceniza, un día solemne que marca el inicio de la Cuaresma: siete semanas de oración, ayuno y obras de caridad que conducen a la Pascua, la semana sagrada que conmemora el martirio y la resurrección de Cristo.
Recordar qué día es hoy me trajo a la mente un vívido recuerdo de cuando tenía unos siete años. Estaba visitando a mi abuelita Carmen en San Salvador. Mi abuela era católica profundamente devota. Normalmente atendía a la parroquia de la colonia donde vivía, pero durante las celebraciones especiales visitaba una antigua iglesia en el centro al costado del mercado.
La Iglesia del Calvario, reconstruida en la década de 1920 en un impactante estilo gótico, surgió de las cenizas de la estructura original de 1660, destruida por un gran incendio y devastadores terremotos que casi arrasaron la ciudad. Para muchos, la iglesia era majestuosa. Para mí, era aterradora.
Me daba pavor ir allí por una estatua de Santa Lucía, Lucía de Siracusa, una mártir cristiana de los inicios de la cristiandad, patrona de la luz, los ciegos y los que padecen enfermedades oculares. Simboliza la luz de la fe en la oscuridad del invierno. Según la leyenda, le arrancaron los ojos, ya sea por su propia mano o por sus perseguidores, para disuadir a un pretendiente no deseado, pero milagrosamente su vista fue restaurada.
La estatua de esa iglesia mostraba a Santa Lucía sosteniendo un plato pequeño… y sobre él yacían un par de ojos sueltos.
Esos ojos sin vida me atormentaban. Solo mirarlos me daba pesadillas. Odiaba entrar en esa iglesia porque la imagen me daba mucho miedo. Pero mi abuela parecía no darse cuenta, o quizás no le importaba. Cada vez que iba al mercado, entraba por la misma puerta lateral, la que estaba justo al lado de la estatua. Y cada vez, intentaba, sin éxito, evitar mirarla.
Ese Miércoles de Ceniza, mientras me caminábamos, me indicó que me arrodillara a su lado para recibir el símbolo del día: el sacerdote trazando una cruz de ceniza húmeda sobre nuestras frentes diciendo “pulvis es et pulvis reverteris”.
Pero mi mente estaba lejos del solemne significado del arrepentimiento y la mortalidad. En lugar de reflexionar sobre la fe, pensaba con ansiedad en esa estatua. Tenía miedo. Estaba completamente distraído.
Poco después de la ceremonia, regresamos a su casa. Me sentí incómodo, casi irritado, por la cruz de cenizas en la frente. Y entonces hice algo que, en ese tiempo, era causa de tensión entre la abuelita Carmen y yo: ducharme. Anuncié, con valentía y sin dudarlo: “Me voy a bañar”.
La abuelita Carmen miró sorprendida. El hecho de que no discutiera sobre el baño le resultó sorpresivo, y supongo que le agradó.
En mi defensa, no era que no me gustara ducharme. Era que en casa de mi abuela no había agua caliente. El agua que salía de la ducha estaba helada. En casa de mis padres, el agua se bombeaba de un pozo a un tanque sobre la tierra, donde el sol la calentaba naturalmente. Bañarse allí era placentero. En casa de la abuela, era como un castigo.
Unos minutos después, salí del baño. La cruz de cenizas había desaparecido.
Mi abuela me vio y gritó: “¡¿Qué hiciste, muchachito?!”.
Su voz me sobresaltó. Confundido, respondí: “Lo que le dije que iba a hacer. Me bañé”.
Me miró con una mirada que explicaba perfectamente la expresión: “Si las miradas mataran...”. No dijo nada más. No hacía falta. Su silencio transmitía rabia, decepción y una profunda desaprobación. Me había lavado las cenizas.
Si algo uno supo de la abuelita Carmen es que no olvidaba nada, ni mucho menos perdonaba. Desde ese día, y durante algunos años, cada vez que la visitaba, me llevaba a cortarme el pelo con un estilo conocido como “pato bravo”: el estilo consistía tener la cabeza casi rapada con un mechón de pelo al frente. Era humillante.
Tras notar el patrón de conducta de la abuela, mi papá me preguntó, entre divertido y preocupado: “¿Qué hiciste para que mi mamá la traiga con vos?”.
Con el tiempo, sin embargo, la relación entre la abuelita y yo se mejoró muchísimo. Cuando me convertí en adolescente y luego en joven, era el único nieto que la sacaba a pasear, y le daba cigarros para que fumáramos juntos además la llevaba a comer “cheese cake” a metro centro.
Esas pequeñas rebeldías de abuela y nieto se convirtieron en nuestros rituales. De alguna manera, entre risas, humo y postre, nos acercamos mucho.
Este Miércoles de Ceniza, recuerdo las cenizas, el agua fría, los ojos aterradores de Santa Lucía... y la inolvidable mirada de la abuelita Carmen.
Comentarios
Publicar un comentario