Atecozol
El río Atecozol es un caudaloso río que nace del volcán Izalco, el volcán más joven del mundo. El nombre del volcán significa, en náhuatl, «lugar de arenas negras» o «lugar de obsidiana» (itz = obsidiana, calli = casa/lugar). Con una altura de 1950 metros sobre el nivel del mar y una inclinación de aproximadamente 45°, este volcán permanece activo, y su imponente presencia se alza orgullosa entre la densa vegetación que lo rodea. A lo largo de su curso, el río se alimenta de manantiales naturales, conocidos por su agua fresca y cristalina. Estos manantiales le proporcionan un caudal frío y constante durante todo el año.
Al pie del volcán se encuentra el pueblo homónimo: Izalco. Un lugar rico en historia, habitado por seres humanos desde hace más de 2000 años. Izalco fue fundado originalmente por la nación Pipil un grupo indígena mesoamericano que reside principalmente en el oeste y centro de El Salvador. Hablan el náhuatl, una lengua en peligro crítico de extinción, y alguna vez formaron parte del histórico Reino de Cuscatlán. Hoy, siguen enfrentando constantes luchas por el reconocimiento y los derechos sobre la tierra.
En el siglo XVI, Izalco fue reconocido por los conquistadores españoles durante la época colonial y se incorporó a la Alcaldía de Sonsonate. Se convirtió en una importante región productora de cacao. En 1570, el pueblo fue otorgado como encomienda a Don Juan de Guzmán y posteriormente a su hijo Diego, quien impulsó la construcción de una de sus primeras iglesias, la Iglesia de Dolores de Izalco. Ese mismo año, el pueblo se incorporó a la Diócesis de Guatemala.
>>><<<
Ahora que estoy jubilado, he comenzado a disfrutar de las instalaciones de la YMCA en Peterborough, especialmente de la piscina. Después de varios meses de práctica, he logrado nadar más de mil metros, algo que llena de silencioso orgullo al niño que aún vive dentro de mí.
Un día, mientras nadaba, otro nadador notó algunos fallos en mi técnica. Más tarde, mientras nos vestíamos, me ofreció amablemente algunos consejos para mejorar mi brazada. Le agradecí sinceramente y, desde entonces, he intentado mejorar, aunque, debo admitir, con poco éxito.
La breve conversación que tuvimos me despertó un recuerdo de mi infancia, del día en que aprendí a nadar.
Tendría yo siete u ocho años cuando mi familia y yo visitamos a nuestra querida tía abuela, Ma-María, en Sonsonate. Visitar a nuestra familia era una tradición familiar. Dos veces al año, durante Año Nuevo y durante Semana Santa, viajábamos desde nuestro pequeño pueblo en el oriente del país, Chinameca, hasta Sonsonate, en el occidente. Allí, pasábamos dos o tres noches en la casa familiar ancestral, la casa donde había nacido mi papá.
A unos siete u ocho kilómetros de Sonsonate se encuentra Izalco, donde, en 1956, el gobierno construyó una importante atracción turística, aprovechando una curva natural del río Atecozol, crearon dos grandes embalses y un parque ecológico.
Esos embalses se convirtieron en el lugar donde innumerables habitantes de Izalco y Sonsonate aprendieron a nadar. Yo no fui la excepción, aunque el método con el que aprendí puede decirse que fue cuestionable.
Llegamos al Centro Turístico Atecozol a media mañana, listos para pasar allí todo el día. Mi papá y mis tíos, que se habían crecido en Sonsonate, no perdieron el tiempo y se metieron al agua. Nosotros, los niños, los seguimos con entusiasmo, mientras mi mamá y las tías se quedaron para preparar la barbacoa y colocar las mesas.
Mi papá me llamó para que me acercara a donde estaban él y mis tíos. Inmediatamente me di cuenta de que no podía llegar a ellos a través del agua; después de todo, no sabía nadar. La piscina era profunda para un niño, aunque no para los adultos a quienes el agua apenas les llegaba al pecho y permitía que pudieran estar parados el fondo pedregoso. Así que salí del agua y corrí por el borde hasta donde ellos estaban.
“Metete al agua” me dijo mi papá. Le obedecí, pero me aferré al borde de la piscina con firmeza.
Sin decir más mi papá nadó unos metros hacia el centro del embalse y luego me explicó con cuidado los fundamentos de la natación, asegurándome que no había nada que temer una vez que aprendiera lo básico de nadar. Luego, inmediatamente uno de mis tíos me mostró cómo flotar de espaldas. Lo observé, con atención, pero la verdad es que más que nadar me interesaba la comida que mi mamá y las tías estaban preparando. La comida siempre ha sido mi mayor motivación en las excursiones familiares.
De repente, sin previo aviso, todo cambió. Sentí unas manos que me agarraban los pies y alguien me levantaba por los brazos. En un instante, me sentí en el aire, volando sin control hasta estrellarme en el centro de la piscina con un fuerte chapoteo. Mi cuerpo golpeó el fondo pedregoso con las nalgas.
El instinto se apoderó de mí. Me impulsé hacia la superficie, jadeando en busca de aire. El pánico me invadió al darme cuenta de lo que habían hecho. Empecé a chapotear con fuerza. Cada vez que me hundía, esperaba a tocar el fondo con mis pies e impulsarme hacia la superficie. Entre chapotear y salir a la superficie oí a mi papá gritar: «¡Nadá! ¡Nadá! ¡Nadá!».
No sé cómo lo hice, pero de alguna manera, empecé a moverme. Brazada tras brazada, desesperado y aterrorizado, nadé en dirección de ellos. Y cada vez que me acercaba, mi papá y tíos se alejaban más hasta que finalmente llegué al borde de la piscina, donde me sentí seguro y me aferré al borde.
“¿Ves?” me dijo mi papá, “no es tan difícil cuando uno se lo propone”.
Estaba enojado, probablemente más por miedo que porque me hubieran engañado para hacerme nadar. Estaba a punto de salir de la piscina y caminar hacia donde estaban mis primos y hermanos cuando uno de mis tíos me dijo: “No te atrevas a salir de la piscina. Si lo haces, no vas a tener almuerzo. Si queres ir donde ellos están vas a tener que nadar”.
En cuanto terminó de hablar, sentí las manos de mi papá levantarme y lanzarme de nuevo. Ahí estaba yo otra vez en el aire. Esta vez, caí boca abajo. Sentí un ardor del panzazo y el agua me entrándome por la nariz y la boca. Logre pararme e impulsarme hacia la superficie.
Luego de eso logré nadar hasta la parte menos profunda donde mis primos y hermanos estaban jugando y pude pararme, pero estaba llorando de colera. El agua ocultaba mis lágrimas y la mucosidad de mi nariz. No podía perdonar a mi papá y a mis tíos por lo que habían hecho, tampoco quería que me vieran llorar. Sabía que se estaban riendo y no quería darles la satisfacción de que me vieran.
Entonces ocurrió algo inesperado. Mi hermano menor José, al que llamábamos Pepe, se me acercó y me dijo con orgullo: “¡hijole, ya sabes nadar! Vas a tener que enseñarme”.
Sus palabras me motivaron y después del almuerzo a seguí practicando por el resto de la tarde, Aunque no me acerqué más a la parte profunda de la piscina.
Años después, mi papá me confesó que el día que aprendí a nadar, él siempre había estado muy cerca de mí. “No podía arriesgarme a que no nadaras”, me dijo. “Me alegra que fueras tan terco como creía”.
Mi papá me lo dijo mientras ambos veíamos a mi hermano Pepe competir en estilo mariposa, tratando de clasificar a los Juegos Centroamericanos.
Comentarios
Publicar un comentario