La procesión del Santo Entierro (una memoria de mi niñez)
Mi abuela Virginia tenía una devoción envidiable por la religión católica. El liderazgo que ella y su esposo, mi abuelo Enrique, ejercían en nuestra pequeña ciudad de Chinameca la convertía en una figura influyente en muchas de las decisiones relacionadas con los eventos de la iglesia. Aunque mi abuelo no era particularmente devoto, de hecho, rara vez asistía a misa u otros servicios religiosos, su voz tenía un peso importante. Tanto era así que el padre Montesinos y, más tarde, el padre Ventura, confiaban en el criterio de mis abuelos para tomar decisiones clave. Yo tendría unos diez años cuando, por primera vez, fui testigo de los preparativos para la conmemoración de Semana Santa. Ese año, sin embargo, surgió un problema inesperado. Una tarde, mientras me entretenía en la sala de mis abuelos leyendo viejos paquines que mi abuelo había coleccionado durante años, publicaciones dominicales con historias como Tarzán y Buck Rogers, llegó Arturo Gómez buscando a mi abuela. Arturo era un h...