Recuerdo de una Semana Santa en Sonsonate
En Canadá, la Semana Santa se celebra, no se conmemora. Es una época de dulces y alegría, marcada por los panes de Pascua (hot cross buns) y huevos de chocolate, supuestamente dejados por un conejo.
Los orígenes de esta celebración se remontan a ritos mucho más antiguos que el cristianismo. En el hemisferio norte, la Pascua evoca tradiciones vinculadas a Ishtar, de ahí el nombre Easter, la diosa acadia mesopotámica del amor, la fertilidad y la guerra, venerada como la “Reina del Cielo” y asociada con el planeta Venus. En esencia, la Pascua celebra la renovación: el despertar de la primavera, el regreso de la vida tras un largo invierno.
En El Salvador Semana Santa es muy diferente no la celebrábamos: la conmemorábamos. Es un tiempo dedicado al martirio de Cristo, solemne y pesado, lleno de silenciosa reverencia. Había largas misas, procesiones lentas, cánticos fúnebres y una constante sensación de sufrimiento y muerte en el ambiente. Cuando yo era niño muchas veces la pase en Sonsonate.
Aun así, incluso en medio de esa solemnidad, había una chispa de picardía entre nosotros, los cipotes. Durante las procesiones, nos lanzábamos miradas furtivas, intercambiábamos sonrisas tímidas y buscábamos excusas para caminar junto a las cipotas que nos gustaban, especialmente aquellas cuyos padres confiaban en “estos cipotes devotos” que íbamos a las procesiones y, por eso, nos permitían acompañarlas.
Un recuerdo en particular todavía me provoca una mezcla de pena y la inevitable sonrisa. Fue quizás 1969 o 1970 tendría yo 13 o 14 años. Me había fijado en una cipota, que era amiga de mi prima. Tenía la esperanza de que fuera a la procesión del Santo Entierro y tal vez hablarle. Le pedí permiso a mi tío para ir a la procesión, me lo concedió con una condición: que mi prima fuera conmigo y que estuviera con ella en todo momento. No me hacía mucha gracia la idea, pero si la cipota que me gustaba iba a estar allí, valía la pena además si yo estaba con María Angélica, era mucho más probable que Rosa Elena me hablara.
En ese momento yo no sabía que mi prima tenía novio y que mi tío no quería que se viera con él. Mi tío creía que ellos eran demasiado jóvenes. Aun así, lleno de ilusión y sintiéndome valiente, salí con mi prima hacia la procesión, con la esperanza de encontrarme con Rosa Elena la cipota que me gustaba. Ignoraba que ella no tenía ningún interés en mí y María Angélica no me dijo.
Caminamos un rato, engullidos por un mar de gente. Oculto en ese anonimato, con el corazón latiendo con fuerza, reuní el valor para preguntarle a mi prima si Rosa Elena iba a venir. María Angélica me escuchó… y luego, sin dudarlo, me soltó una respuesta tajante e inolvidable: “Yo no sé… de todos modos, vos no le gustás. ¡Salú!”
Y así, sin más, desapareció. Dio un salto ágil sobre una pequeña valla de hierro que protegía el jardín de una casa, cruzó corriendo y se perdió entre la multitud para encontrarse con su novio, un detalle que descubriría después.
María Angélica en ese tiempo era flaquita, rápida y ágil; su huida fue casi elegante. Yo, en cambio, era un adolescente grandote, gordo, de pies planos y completamente incapaz de correr tras ella y ella lo sabía.
Me quedé allí, plantado, aturdido, avergonzado y profundamente solo en medio de la procesión. Sentí cómo la ilusión se me deshacía en el pecho, como si la multitud me tragara junto con mi orgullo.
Pero la pesadilla no había terminado. Todavía tenía que volver a su casa y explicarle a su papá, mi tío, por qué su hija no estaba conmigo.
Cuando llegué, él estaba recostado en su hamaca, leyendo tranquilamente. Con torpeza, le conté lo ocurrido: que me había dejado y que no sabía dónde estaba. Me miró brevemente… y luego me despidió sin decir una sola palabra. Ese silencio me dolió más que cualquier regaño.
Me fui sintiéndome frustrado, pequeño y completamente fuera de lugar. La culpa me pesaba, aunque ni siquiera sabía exactamente qué había hecho mal. Sentía una necesidad extraña de castigarme, de pagar por algo que no entendía.
Así que, en un pequeño y dramático acto de desesperación adolescente, tiré los cuatro cigarros Delta que había comprado con mis últimos diez centavos.
Esa noche no vi a Rosa Elena… y María Angélica me dejó plantado en medio de la procesión, con el corazón encogido y una lección que tardaría años en comprender.
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