La procesión del Santo Entierro (una memoria de mi niñez)

Mi abuela Virginia tenía una devoción envidiable por la religión católica. El liderazgo que ella y su esposo, mi abuelo Enrique, ejercían en nuestra pequeña ciudad de Chinameca la convertía en una figura influyente en muchas de las decisiones relacionadas con los eventos de la iglesia.

Aunque mi abuelo no era particularmente devoto, de hecho, rara vez asistía a misa u otros servicios religiosos, su voz tenía un peso importante. Tanto era así que el padre Montesinos y, más tarde, el padre Ventura, confiaban en el criterio de mis abuelos para tomar decisiones clave.

Yo tendría unos diez años cuando, por primera vez, fui testigo de los preparativos para la conmemoración de Semana Santa. Ese año, sin embargo, surgió un problema inesperado.

Una tarde, mientras me entretenía en la sala de mis abuelos leyendo viejos paquines que mi abuelo había coleccionado durante años, publicaciones dominicales con historias como Tarzán y Buck Rogers, llegó Arturo Gómez buscando a mi abuela. Arturo era un hombre imponente, casi gigantesco, pero de una gentileza que contrastaba con su tamaño; hablaba con suavidad y siempre mostraba una amabilidad sincera. Ese año, él estaba encargado de la procesión del Santo Entierro.

Con tono preocupado, le informó a mi abuela que la urna del Santo Entierro había sido dañada. Mientras la limpiaba para la procesión, descubrió que estaba prácticamente inservible.

Mi abuela, alarmada, llamó de inmediato a mi abuelo para que escuchara la noticia. Poco después llegó mi madre, y luego otras personas. No recuerdo con claridad las conversaciones, pero debieron ser intensas e importantes, porque Rosa Elena y Ticha comenzaron a servir café y pan dulce. Ese detalle se me quedó grabado: eran semitas altas rellenas de piña, de la panadería de los Martínez, cuyo aroma dulce llenaba la sala mientras los adultos discutían con rostros serios.

Días después, noté que la plataforma de la procesión había sido trasladada al garaje de la casa de abajo. Sin entenderlo del todo en ese momento, la decisión tomada en aquella reunión había sido poner a mi abuela a cargo del diseño completo de la procesión del Santo Entierro.

La casa se transformó en un taller vivo. Adultos entrando y saliendo, voces cruzadas, herramientas, telas, alambres… y en medio de todo, mi abuela, firme, decidida, como directora de una obra silenciosa pero solemne.

Ella decidió que se utilizaría la misma imagen del Cristo que normalmente iba dentro de la urna. Sin embargo, necesitaba restauración.

Para mí, siendo niño, aquella imagen era profundamente perturbadora: el cuerpo de Cristo, ensangrentado, apenas cubierto con un taparrabo, lleno de cicatrices visibles. Mi madre, consciente del impacto que causaba, le pidió a Rosa Elena que coordinara para que la imagen fuera colocada en la sala y cubierta con sábanas, como si se tratara de proteger no solo la figura, sino también nuestra inocencia.

Mientras tanto, mi abuela y Arturo dirigían la construcción de la base de la procesión.

Aquella semana fue agotadora. Se sentía en el ambiente una mezcla de prisa, devoción y responsabilidad. Días después, vi cómo colocaban la imagen de Cristo, que había estado en nuestra sala, sobre una especie de lecho de nubes hechas de papel y algodón, sostenido en los brazos de una imagen de Dios Padre.

Recuerdo que días antes habían traído otra imagen: solo el torso superior de Jesús. Mi abuela y mi madre pasaron horas pintando de blanco su cabello y su barba, transformándolo en una representación de Dios Padre. El resultado era impresionante: una escena que transmitía ternura y solemnidad, como si el hijo regresara, finalmente, al abrazo eterno del padre.

Un día, movido por la curiosidad, le pregunté a Arturo si todo estaba listo. Él me dijo que aún faltaban los detalles finales: la decoración de los bordes y los arcángeles.

Fue entonces cuando llegaron varios voluntarios cargando cuatro imágenes de ángeles.

Mi abuelo, con paciencia, desmontó sus alas, mientras mi abuela medía y calculaba los trajes que llevarían: uniformes de centuriones romanos. Cada ángel sería transformado en arcángel, con símbolos que los identificarían.

Aunque tradicionalmente son siete, se usarían solo cuatro, uno en cada esquina de la plataforma:

Miguel, con su espada, jefe de la milicia celestial. Gabriel, con su trompeta, mensajero divino. Rafael, con la vara de Esculapio, protector de los viajeros. Uriel, con una cornucopia, símbolo de sabiduría y abundancia. 

Los símbolos fueron creados por mi abuela con alambre y cartoncillo. Eran verdaderas obras de arte: la espada, una réplica detallada de una “gladius”; la trompeta, un tubo de cartón cubierto de papel dorado; la vara, un bambú pintado; y la cornucopia, modelada con sorprendente habilidad. Todo era artesanal, pero extraordinariamente hermoso.

Sin embargo, surgió otro problema: los arcángeles estaban descalzos.

Mi mamá  tuvo la idea de hacerles “caligae”, sandalias romanas, usando cartoncillo negro sobrante de la imprenta. Aquella tarea fue casi quirúrgica en su precisión, un acto de creatividad nacido de la necesidad.

Finalmente, todo estuvo listo el Jueves Santo.

Pero entonces ocurrió lo inesperado.

A mi abuela se le ocurrió que Gabriel no debía simplemente sostener la trompeta: debía estar tocándola, anunciando con fuerza celestial. Subió a la plataforma para ajustar la figura… y, sin darse cuenta, al mover los brazos, los rompió. El pánico cundió de inmediato.

A menos de veinticuatro horas de la procesión, había que reparar los brazos de Gabriel y fabricar una nueva trompeta, pues la original también había resultado dañada.

Con urgencia y nerviosismo, alguien consiguió alambres y pegamento de zapatero. Improvisaron una solución, uniendo los brazos como pudieron y fijando nuevamente la trompeta.

Contra todo pronóstico, la procesión fue un éxito rotundo.

La carroza avanzó majestuosa, y la gente no dejaba de admirar la escena: la llegada de Jesús a los brazos del Padre. Había emoción, respeto, asombro. Todo el esfuerzo había valido la pena.

Mi papá y yo observábamos desde la verja de la casa de mis abuelos. De pronto, él me dijo que mirara con atención los brazos de Gabriel.

Le dije que sí, que los veía.

—¿Notas algo extraño? —me preguntó.

Negué con la cabeza.

Entonces, con una ligera sonrisa, me dijo:

—Están invertidos. El brazo derecho está en el hombro izquierdo… y el izquierdo en el derecho.

Fue en ese instante cuando lo vi. Los pulgares apuntaban hacia afuera de forma antinatural.

No sé si alguien más lo notó.

Pero yo… nunca pude volver a ver al arcángel Gabriel sin recordar que, en medio de tanta devoción y esfuerzo, sus brazos habían quedado para siempre al revés.


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