El objeto misterioso

 El objeto misterioso

Todos en la familia lo conocían, aunque nadie podía decir con certeza de dónde provenía. Los mayores de la familia lo recordaban sobre la repisa de la chimenea de los abuelos, tan viejo como la misma casa. Era antiguo; la madera de la que estaba hecho había sido pulida por el tiempo, y sus bordes afilados se habían redondeado con el paso de los años. Era más antiguo que la memoria. Sus placas de cobre en cada una de las piezas laterales estaban pulidas y, al mismo tiempo, marcadas con pequeñas hendiduras que se sumaban a lo que alguna vez fueron símbolos decorativos. Cada una de las piezas laterales de madera medía unos cuarenta centímetros de largo, tres de ancho y aproximadamente un centímetro de grosor.

Las dos piezas laterales estaban unidas en la parte superior por un pernito. Su extensión estaba guiada en la parte inferior por una fina pieza curva de madera unida a cada lado. La pieza curva tenía un pernito que unida las piezas laterales lo que le permitía ensanchar o acortar las dos piezas laterales mediante una pequeña guía cortada en el centro, que permitía el movimiento a lo largo de la guía. A primera vista, el objeto parecía un triángulo con patitas. Tenía una placa de cobre unida a la guía curva, aunque cualquier utilidad práctica que alguna vez tuvo ya no se aplicaba. La pieza tenía pequeñas marcas y números que se habían borrado hacía mucho tiempo del objeto y del recuerdo de la se familia.

Los abuelos trataban el objeto con reverencia, como si fuera algo precioso. Tras su muerte, a la respetable edad de noventa y noventa y cuatro años, el objeto pasó de un hijo a otro, y finalmente de un nieto a otro.

Cuando llegó a manos de los bisnietos, el interés por objeto casi había desaparecido, hasta que un día alguien vio a uno de los niños jugando con él y le preocupó que el niño pudiera hacerse daño. Ese día, fue guardado en una caja y fue olvidado. De vez en cuando, le veía apoyado en el cobertizo del jardín junto al garaje del tío David o, más tarde, asomando de una caja en casa de la tía Celia, como si el objeto de la abuelita, como lo llamaba Ricardito, el menor de los bisnietos se moviera de casa en casa por sí solo.

Un día, Myriam, la madre de Ricardito, que lo había visto toda su vida sin nunca preguntar qué era, finalmente le preguntó a la tía Celia por qué la familia lo cambiaba de sitio constantemente. «Su forma es tan extraña que la caja para guardarlo debe ser más grande, lo que dificulta su almacenamiento», dijo. «Ricky me preguntó qué era, y yo no supe qué responder. ¿Dicho sea de paso? ¿Qué es?», preguntó Myriam.

Celia suspiró y puso los ojos fijos en la distancia, como si estuviera buscando en un recuerdo lejano. «¿Sabes qué?», respondió, «de todos los nietos, Ricardito es el que más me recuerda a mí misma, con esa mente curiosa que tiene. Una vez le pregunté a mi papá qué era y para qué servía».

«¿Qué te respondió?», preguntó Myriam, más curiosa que nunca. Sin embargo, Celia, se había sumergido en sus recuerdos, continuó. “A papá nunca le interesó esa reliquia, no como a mí. Solo me dijo: ‘Pregúntale a mamá’, refiriéndose a mi abuela, así que lo hice. Pero la abuela ya tenía más de noventa años y padecía demencia o Alzheimer. Para colmo, el abuelo acababa de fallecer y la abuela estaba muy afectada. Por eso, hacerle preguntas era un proceso delicado, para no alterarla. Sin embargo, nuestra curiosidad era muy fuerte entonces, y queríamos saber qué era lo que era ese objeto y para qué servía, algo que nadie parecía saber ni importarle”.

“¿Qué pasó?”, interrumpió Myriam.

Celia continuó, casi sin darse cuenta de la interrupción. “Le pedí ayuda a tu tío David. Él sacó el objeto de la casa de nuestros padres y lo guardó en el cobertizo del jardín, detrás de su casa. Pensamos que, si la abuela lo veía fuera de contexto, tal vez hablaría de ello con más libertad que si le preguntábamos directamente Involucrar a Dave fue un error. No era más confiable entonces que ahora”. dijo Celia sonriendo.

Para entonces, Myriam había empezado a impacientarse. “Tía, solo quiero saber qué es la reliquia y por qué era tan importante. ¿Te lo contó la abuela alguna vez?”

Pero Celia no le respondió, sino que revivía aquella tarde, en que ella y David sacaron a su abuela de la casa, esperando que la memoria hiciera lo que preguntas directas no podían.

“El plan era sencillo. Íbamos a consentir a la abuela con su cake favorito el pastel de queso y la dejaríamos fumar en casa de David. Tu madre y tu otra tía no permitían dulces ni cigarros en la casa debido a su diabetes y riesgos para su salud. Pero para entonces, yo pensaba que negarle esos pequeños placeres solo la ponía más ansiosa. David estaba convencido de que, si la hacíamos feliz, su memoria se relajaría y nos contaría lo del objeto”.

“Recogí a la abuela y la llevé a casa de David. Como era de esperar, él tenía cigarrillos y café, pero en lugar de pastel de queso, compró pastel de nueces, su favorito no la de ella. Aun así, disfrutó de la visita, fumó con David, probó el pastel nos dijo que estaba muy bueno, aunque no era su favorito”.

“Cuando por fin le preguntamos por qué, solo sonrió y dijo: «Cuando crezcan, lo entenderán y lo valorarán». Eso fue todo. Nuestra gran conspiración se desmoronó ahí mismo, y todavía no sabíamos qué era.”

Myriam un tanto cansada de esperar la respuesta, finalmente preguntó: “¿Lo averiguaste?”.

“Por supuesto”, respondió Celia. “Es un octante, un antiguo octante de madera. Tu bisabuela era hija de un marinero que lo usó mientras navegaba por el Atlántico incluso antes de que existiera Canadá”.

Myriam la miró fijamente. “¿Lo has valorado alguna vez? Podríamos sacar buen dinero por él” preguntó. “No, no exactamente”, respondió Celia “Es una reliquia que nos recuerda que nuestros antepasados provenían de personas que cruzaron océanos en la antigüedad. El octante es un símbolo, y eso importaba más que el objeto en sí. No tiene precio”.

La respuesta de Celia puso la reliquia en perspectiva. Myriam estaba a punto de preguntar algo, pero Ricardito entró en la habitación con un sextante de plástico que acababa de fabricar con su impresora 3D.

Ricky comenzó a explicar que el nombre octante deriva del latín octans, que significa octavo de círculo, porque el arco del instrumento es un octavo de círculo.

Ricky continuó: “Un octante de madera es un instrumento de navegación marítima del siglo XVIII que se utilizaba principalmente para determinar la latitud de un barco en el mar midiendo la altitud de las estrellas sobre el horizonte. Fue inventado alrededor de 1730 y sirvió como predecesor histórico del moderno sextante de latón. El octante se construía con maderas densas como el ébano o la caoba para resistir la deformación por la humedad, y combinaba un precio relativamente bajo con una gran utilidad, lo que lo convirtió en un precursor vital de los modernos sistemas de posicionamiento global”.

Ricardito continúo explicando “El octante es el precursor del sextante. El sextante es lo que acabo de imprimir. Ahora bien, el que acabo de imprimir no es ni de lejos tan preciso como el que tenían los bisabuelos”.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Un jueves en mayo

ANA ELLA GIRON QUINTEROS

El privilegio de conocer a dos santos y no saberlo