Recuerdos de mis clases de inglés: Bulla Mustakys la estudiante de mayor edad.

Mi familia, y la de Francisco recibimos sendos permisos ministeriales para venir a Canadá como refugiados patrocinados por el gobierno. Nuestros trabajos como abogados de derechos humanos nos habían convertido en blanco de los escuadrones de la muerte que en ese tiempo operaban en El Salvador. Para protegernos, el gobierno canadiense patrocinó nuestra inmigración.

Poco después de nuestra llegada, y gracias a los contactos locales que teníamos por nuestro trabajo con la Tutela Legal del Arzobispado, organizaciones como el Centro Jesuita para la Justicia Social y el Comité Inter Eclesiastico para los Derechos Humanos en América Latina, pudimos conectarnos con grupos de solidaridad. Gracias a esas relaciones, conseguimos una casa donde las dos familias viviríamos juntos en comunidad, la comunidad no funcionó, pero eso es para otra historia.

Nuestro nuevo hogar en Toronto estaba en un vecindario de la avenida Jones, cerca de la avenida Danforth, en lo que se conoce como el barrio griego. Fue un alivio tener por fin un lugar al que podíamos llamar hogar, un espacio donde la incertidumbre comenzó a transformarse en algo más estable y esperanzador.

Una vez que aseguramos vivienda, nuestro siguiente paso fue inscribirnos en clases de inglés para adultos. Por suerte, la escuela estaba ubicada a poca distancia de donde vivíamos en un antiguo edificio de una escuela católica. 

Ese primer año en Canadá lo dedicamos por completo a aprender inglés. En mi caso sentía la necesidad de evitar la práctica común entre inmigrantes de que nuestros hijos se convirtieran en nuestros traductores. Así, con una mezcla de vulnerabilidad y valentía, abracé mis clases de segundo idioma con determinación.

El primer día de clases, nos evaluaron para determinar nuestro nivel. Nos asignaron al Nivel Dos. Más tarde, supimos que el Nivel Uno era para quienes aún no sabían leer ni escribir, ya fuera por ser analfabetas o porque su lengua materna no utilizaba el alfabeto occidental.

Conocimos a Bulla Mustakys el segundo día. Acababa de ser ascendida del Nivel Uno a nuestra clase y rebosaba de orgullo. Aunque ninguno de nosotros podía comunicarse con claridad, su alegría trascendía el idioma. Su entusiasmo por pasar al Nivel Dos era contagioso; animaba el ambiente y nos recordaba a todos por qué estábamos allí.

Ese fue el comienzo de nuestra amistad con Bulla, quien pronto se convertiría en una fuente de inspiración. Ella abordaba el aprendizaje con una franqueza infantil, a la vez hermosa y humilde. Cantaba canciones en inglés más fuerte que nadie, se ofrecía con entusiasmo para pronunciar palabras nuevas y siempre traía comida que hacía en su casa para compartirla con nosotros. Su generosidad y espíritu hacían que el aula se sintiera más cálida y acogedora.

Bulla, su esposo y sus cuatro hijos llegaron a Canadá como refugiados de Grecia en 1964. En ese entonces, tendría unos cuarenta y tantos años y sus hijos aun eran adolescentes. Era un período marcado por el conflicto intercomunitario entre grecochipriotas y turcochipriotas. Durante esa época, la Fuerza de Mantenimiento de la Paz de las Naciones Unidas en Chipre, que incluía a cascos azules canadienses, trabajaba para mantener una frágil zona de amortiguación. Para muchos, incluida la familia de Bulla, irse no fue una opción, sino una necesidad.

Luego de llegar a Canada la familia de Bulla se estableció justo al norte de la avenida Danforth. Para la década de 1960, la población griega en Toronto había crecido hasta alcanzar alrededor de 13.000 personas. Danforth era un vibrante mosaico de culturas: estonia, lituana, italiana, china, finlandesa, cada comunidad aportando sus propios ritmos y tradiciones. Para la década de 1970, muchos de estos grupos se habían mudado a otros lugares, y la zona se convirtió en el barrio griego más grande de Norteamérica.

El esposo de Bulla, quien era enfermero de profesión, encontró trabajo en un hospital local, mientras que Bulla se dedicó a criar a sus hijos y cuidar del hogar. Durante décadas, vivió cómodamente integrada en la comunidad de habla griega. Iba a la iglesia, hacía las compras y socializaba en su idioma nativo. No sentía la necesidad de aprender inglés; la vida transcurría dentro de límites familiares.

Pero todo cambió en 1990. Para entonces, Bulla tenía casi setenta años. Llevaba más de veintiséis años viviendo en Canadá. Sus hijos se habían mudado hacía tiempo del barrio griego, y el año anterior, su esposo había fallecido. La pérdida fue profunda. Junto con el dolor, creció su sentimiento de aislamiento. El barrio mismo estaba cambiando rápidamente, y de repente, el mundo se sentía menos accesible.

Por primera vez, Bulla reconoció la necesidad de aprender inglés, no por obligación, sino por independencia. No quería depender de sus hijos para cada pequeña necesidad. Ellos tenían sus propias vidas, y ella quería recuperar la suya.

Así que, con silenciosa determinación y admirable valentía, Bulla se matriculó en clases de inglés. 

Un día, le pregunté por qué había elegido aprender un nuevo idioma a su edad, especialmente viviendo aún en su casa de toda la vida en el barrio griego. Su respuesta me ha acompañado desde entonces: sencilla, poderosa y profundamente conmovedora:

“Nunca es tarde para aprender”.

La última vez que la vi estábamos terminando el nivel cuatro de nuestras clases de inglés.

Era principios de diciembre de 1990. Espero que Bulla haya tenido una vida larga y feliz.


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