«…papá... los niños ingleses no me quieren…»

 La cena familiar era quizás el momento más importante de la semana en nuestra, recién integrada, familia. Era la única ocasión en que los hijos de nuestras previas relaciones realmente pasaban tiempo juntos, una oportunidad para reconectar, compartir historias y ponernos al día sobre lo que había sucedido durante la semana. Con hijos de edades tan diferentes, esos momentos eran escasos por lo que la cena familiar era tan valiosa. 

La cena familiar de los sábados se convirtió en nuestra promesa compartida: pasara lo que pasara, todos estaríamos en casa para cenar juntos.

Mi hijo menor tenía lo que solo puedo describir como un carácter alegre. Irradiaba calidez, con una amabilidad natural y una tenacidad envidiable. Estas cualidades hacían que fuera un placer estar con él. Su creatividad y su sentido del humor atraían a la gente, lo que le ayudaba a hacer amigos fácilmente, al menos en circunstancias familiares.

Su tenacidad se convirtió en legendaria en nuestra integrada familia. Un recuerdo que resalta es cuando su escuela organizó una venta de chocolate para recaudar fondos y pidió a los estudiantes que los vendieran. Él se enfrentó a la tarea con un entusiasmo incansable, llamando a cada puerta, tratando de vender los chocolates una y otra vez, incluso cuando era rechazado constantemente. Me dolía verlo enfrentarse a tanta gente diciéndole “no”, y más de una vez intenté detenerlo, queriendo evitarle la decepción. Pero no se rendía. Continuó, imperturbable, como si cada rechazo solo fortaleciera su determinación.

Ese mismo espíritu lo demostró durante Halloween. Mientras otros niños evitaban las casas oscuras, él llamó a todas las puertas, iluminadas o no, con esperanza y perseverancia. Al final de la noche, su persistencia dio sus frutos; su bolsa de dulces estaba más llena que la de los demás. Transmitía orgullo, compartiendo felizmente su botín con sus hermanos. Uno no podía admirar su resiliencia.

Todas las tardes después de clases, nos dedicábamos tiempo el uno al otro. Nos sentábamos juntos y compartíamos nuestras experiencias, las de ellos en la escuela y mis propios desafíos como estudiante de inglés. En muchos sentidos, todos aprendíamos juntos.

Los primeros días en su nueva escuela no fueron fáciles para él.

Una tarde, vino a mí con lágrimas en los ojos y me dijo: “Papá…” me dijo “… los niños ingleses no me quieren”.

Sentí un nudo en la garganta. Le pregunté qué había pasado. Entre sollozos, me explicó que estaba jugando afuera cuando una pelota rebotó cerca donde él estaba. Los niños que jugaban empezaron a gritar, y él estaba convencido de que le estaban gritando estaban enojados con él, de que no les caía bien.

No pude evitar sonreír ante su interpretación, aunque sentía profundamente su dolor. Lo tranquilicé: “Quizás los niños te gritaban que les devolvieras la pelota” añadiendo: “No sé qué dijeron, pero estoy seguro de que no es que les caigas mal. Es que no te entienden… ni vos a ellos”. Algo cambió en él ese día.

Mis palabras encendieron una chispa en él. Mi hijo menor volcó a aprender inglés con una intensidad que solo se podría interpretar con obsesión. Escuchaba, practicaba, repetía y absorbía todo lo que podía. Con el tiempo, su confianza creció, su mundo se expandió y, en muchos sentidos, se convirtió en el más canadiense de todos mis hijos.

Hay una historia que refleja a la perfección su inteligencia, humor, creatividad y espíritu aventurero.

Tenía unos ocho años y asistía al campamento de verano con su hermana, mientras su hermano mayor asistía a la escuela de verano. Un día, tenía que trabajar hasta tarde y no pude ir a recogerlos, así que le pedí a mi esposa, su madrastra, que fue en mi lugar.

Cuando ella llegó, y preguntó por ellos por sus nombres: Ana y José. El consejero del campamento la miró confundida y le respondió dijo que no había ningún niño con ese nombre. Era tiempos antes que los teléfonos móviles fuesen comunes. Ante la respuesta de la consejera mi esposa se asustó y comenzó a preocuparse. Mi esposa intentó de nuevo, preguntando si había un niño llamado Pepe, el apodo que mi hijo tiene en la familia desde antes que naciera; de nuevo, la respuesta fue no.

Para ese momento mi esposa sintió que su miedo crecía con cada segundo que pasaba.

Entonces, mientras recorría el patio con la mirada, lo vio, riendo, jugando con un grupo de niños. Aliviada, lo señaló y dijo: “Ese niño de allí es mi hijastro, José”.

La consejera del campamente dudó. Una mujer blanca que afirmaba ser la madrastra de un niño latino le despertó sospechas y visiblemente insegura le respondió “Ese niño se llama Joseph. Por favor, espere aquí con el guardia de seguridad mientras llamo a mi supervisora”.

La situación podría haber empeorado de no ser por un golpe de suerte. Mi hija, que estaba jugando cerca, vio a su madrastra y corrió emocionada a abrazarla. Rápidamente le explicó todo a la consejera del campamento: Que en efecto la mujer que estaba ahí para recogerlos era la esposa de su papá, su madrastra, y que Joseph era, de hecho, su hermano, José quien se había traducido su nombre del español a la versión inglesa, esa mañana al momento de registrarse.

Por suerte la tensión que se había formado empezó a disiparse, y fue reemplazada por una sensación de alivio y, finalmente, fue causa de risa.

Ese momento, como tantos otros, reflejó la extraña, a veces desafiante, pero a menudo hermosa realidad de nuestra nueva vida.

En la siguiente cena familiar, tuve la desagradable tarea de pedirles a mis hijos que no anglificaran sus nombres. Puede que haya mostrado molestia y enojo más de lo necesario, pero para mí era fundamental que respetaran nuestra cultura como parte del mundo multicultural al que estábamos aprendiendo a pertenecer en nuestra nueva vida. En aquel momento, no supe verle el lado chistoso de la situación.

El incidente definió de nuestra relación. José se negó a hablarme en español, y yo me negué a hablarle en inglés. Como resultado, siempre hubo momentos divertidos en restaurantes, donde la gente a nuestro alrededor reaccionaba ante la rareza de nuestras conversaciones bilingües: un niño pequeño y tenaz hablando con firmeza en inglés mientras el resto respondíamos en español. Viéndolo en retrospectiva probablemente era divertido. En ese momento no vimos ni lo divertido ni la ternura de esos momentos.



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