Un paseo en el parque

Mientras Carlos comenzó a caminar por el sendero que cruzaba a lo largo del Parque Jackson, sintió el intenso aroma a tierra mojada el aroma que emite la tierra después de la lluvia. Algo en su interior se despertó, y le trajo memorias y recuerdos de su infancia en Chinameca su pueblo natal. 

La temporada de lluvias siempre fue el tiempo en que el mundo parecía respirar de nuevo, cuando cada hoja, rama y piedra parecía ser tocada por la vida. Con la primavera llegando lentamente al parque.

Carlos se vio transportado a los recuerdos de su infancia en la selva tropical centroamericana. En sus recuerdos infantiles se sintió transportado a al bosque vestido de fiesta: verdes resplandecientes en tonos esmeralda, jade y amazonita; azules brillantes zafiro, lapislázuli, topacio y turquesa; rojos ardientes con la calidez del rubí, la cornalina y la piedra solar. Era como si la misma Madre Naturaleza se hubiera vestido con sus joyas más preciadas después que las lluvias. Aun cuando la primavera en el parque poseía su propia belleza, jamás podría igualarse el deslumbrante brillo del mundo que Carlos aún llevaba en su corazón.

Ese olor familiar le abrió puertas en su interior, liberando recuerdos que no se había permitido sentir en mucho tiempo. «La nieve, tan familiar para los lugareños, aún hoy me resulta extraña, incluso después de tantos años», pensó Carlos. «Sin embargo, todavía me fascina cuando empieza a caer en diciembre». Luego, dejando salir una sonrisa, añadió para sí mismo: «Aun cuando odio tener que palearla en enero».

El olor a lluvia sobre la tierra desnuda era algo que Carlos esperaba con ansias cada primavera, desde que comenzó su vida en Canadá, su tierra adoptiva, aun cuando esa nueva tierra no era tan nueva. Sin embargo, el aroma a tierra mojada parecía anclarlo a un pasado lejano que aún añoraba con una sensación silenciosa y persistente.

Carlos, que casi nunca andaba descalzo, se sentó en uno de los bancos del parque y con cuidado se desamarró los cordones de sus botas. En ese pequeño gesto, casi infantil, había anhelo. Quería recuperar algo que había perdido hacía mucho tiempo, no un objeto, sino un sentimiento una sensación. Deseaba, aunque solo fuera por un instante, volver a ser el niño que había sido, corriendo descalzo por el jardín de sus abuelos, persiguiendo a los perros de la casa o siendo perseguido por ellos, riendo sin aliento bajo la lluvia. Cuando se puso de pie y empezó a caminar sin botas, algunos transeúntes lo miraron con curiosidad, pero Carlos apenas se dio cuenta.

Su mente ya se había sumergido en el pasado. Casi podía oír la voz de su abuela resonando en el jardín: «¡Oye, tú! ¡muchachito, deja de jugar en la lluvia… vas a agarrar un catarro … y por el amor de dios ponte los pantalones!». El recuerdo le hizo sonreír. Recordó la limonada caliente con miel que le daba después de haberlo dejado jugar bajo la lluvia. Recordó cómo su abuela se aseguraba que después de jugar bajo la lluvia se duchara bien. El recuerdo de su cariño lo envolvía como una cálida sensación.

Mientras seguía caminando por el parque, Carlos pensó en su tierra natal, un lugar donde no se veían las cuatro estaciones. A veces, los interminables inviernos canadienses lo oprimían tanto que sentía que apenas podía respirar. «¡Cómo echo de menos las dos estaciones que conocí de niño!», dijo en voz alta, dejando que sus pensamientos se desbordaran al aire libre. «La estación seca, que llamábamos verano, y la estación lluviosa, que llamábamos invierno». Luego sonrió «¡Qué ingenuo llamar la estación lluviosa invierno!». Levantó la vista y notó a una pareja de adultos mayores observándolo mientras caminaba descalzo y hablaba solo.

La pareja lo saludó con un gesto amable y siguió su camino. Carlos sonrió. «Gracias a los celulares hablar solo ya no hace que la gente piense que estás loco», pensó. Luego, mirando sus botas en las manos y sus pies descalzos y embarrados del lodo mayo, añadió: «Por otro lado caminar descalzo cargando las botas … eso sí me hace parecer un completo descabellado. Espero no haberlos asustado».

La sensación bajo sus pies no era exactamente como la recordaba. La arena fina que cubría el sendero no se parecía en nada a la tierra negra que cubría el jardín de sus abuelos. Sin embargo, bajo esa diferencia, aún existía un hilo conductor que unía ambos mundos. Era como si el tiempo y la distancia se hubieran inclinado el uno hacia el otro por un instante, uniendo su presente con su pasado, su vida adoptiva con la que había dejado atrás.

De repente, el trinar y el inquieto canto de los pájaros lo devolvieron al presente. Una ráfaga de viento fresco le rozó la piel y le recordó, al instante, que estaba descalzo. Parecía como si la naturaleza misma se hubiera confabulado para alejar sus pensamientos de la noticia que había recibido minutos antes, justo después que había estacionado su vehículo en el parqueo.

El correo electrónico le había llegado al celular. Carlos había oído el breve “bip” de la notificación, pero no fue hasta que ya había empezado a caminar descalzo que lo recordó y abrió el mensaje. En cuanto terminó de leerlo, el hilo de sus pensamientos cambió bruscamente. El flujo de recuerdos y sensaciones que lo había acompañado por el parque dio paso a algo más agudo, más denso y mucho más inquietante.

«Jamás pensé que echaría de menos las cartas tradicionales, las manuscritas, aunque sea una tarjeta que no estuviera preimpresa con algún mensaje prescrito por una computadora», pensó Carlos mientras miraba el correo electrónico que recién había recibido. 

El mensaje provenía de un abogado en EEUU, que, en esencia, le preguntaba si realmente era quien decía ser.

El correo comenzaba con un saludo estándar, pero rápidamente se tornó mucho más personal: «¿Es usted el Dr. Carlos Borromeo, médico, originario de Chinameca, San Miguel, quien fue preso político y posteriormente médico de combate en la Sierra de Guazapa (Frente Paracentral) durante la guerra civil en El Salvador; y que fue rescatado por el Comité Internacional de la Cruz Roja después del armisticio, ¿y a quien se le concedió la residencia en Canadá? Si su respuesta es afirmativa, por favor, responda las siguientes preguntas para confirmar su identidad». 

Lo que seguía era una serie de preguntas que solo podían ser respondidas por la persona a quien el abogado estaba buscando.

En ese instante, Carlos comprendió que las preguntas del correo electrónico solo podían provenir de alguien que lo hubiera conocido en su juventud, alguien que lo hubiera conocido de muy de cerca, íntimamente, antes que la guerra lo transformara. Con ese entendido llegó una inquietud silenciosa, como si el pasado que llevaba consigo mismo como si fuera una herida oculta hubiera encontrado una manera de pronunciar su nombre.


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